Ecos de luz

7 noviembre, 2014 § Deja un comentario


José Lupe González

Para Rosario Morales Esparza, la otra parte de mi vida, la mejor parte de mi vida, la única parte de mi vida: mi vida entera. Para ella, sólo para ella

 

Si no puedo estar contigo estaré donde esté tu sombra. Y yo estaré donde esté mi sombra si allí es donde están tus ojos.
José Saramago

Ustedes saben que aquí era el imperio donde ella sostenía con la certeza de sus brazos

la seguridad del mediodía, de la tarde

y ahora los recuerdos incumplidos del futuro.

Ustedes saben que un sòlo movimiento de ella

hizo la creación de un vergel en los territorios leprosos de mis manos.

Era un vergel cada movimiento de ella,

un balcón de múltiples y multiplicadas flores y perfumes brillantes,

cada una de sus miradas abiertas;

bosque anochecido,

su mirada dormida.

Yo se que ustedes lo saben.

Saben también que en una floresta taciturna

pueden oírse los murmullos

de dos que se amaron y se aman

con un amor donde el rojo de los volcanes deposita la lava.

Entre la arboleda se oye lo que el enamorado le dice.

Mi corazón navegaba en el atardecer con las velas desgarradas por el viento

con los picotazos ensagrentados de los pájaros

desollando el crepusculo y las estatuas de nuestros recuerdos inmóviles.

No había en el páramo de mi cielo ni una nube, ni un destello donde desembarcar

de los resplandores  amargos que extraviaron el viaje con señas traidoras.

Del faro poniente del vergel de tu mirada

surgió el brillo que apago el silencio cegador

como si un pájaro aleteara en mi tarde que tomó la forma de su vuelo

y del tacto callado de las caricias nuevas y secretas.

Hubo miedo en tu primer abrazo tembloroso,

fue en una lluvia de junio de 2010, lo recuerdo;

tu primer abrazo

templo de una diosa terrenal

para mis cuitas sin dios y sin paraíso prometido.

Tu nombre religioso desde entonces

Rosario

fue exorcismo

redención

cielo de sábado de gloria

destino de domingo de resurrección

y

letanía

madre castísima dadora de origen y certezas

madre siempre virgen de manos confiables

causa de nuestra alegría conmemorada

casa de oro sin arrogancia

puerta del cielo a los cuatro horizontes del futuro

estrella de la mañana centelleante

salud de los enfermos de amor y desamparo

refugio de los pecadores excomulgados

reina de las virgenes, de las once mil virgenes, del tiempo, de todos los tiempos, del

universo y de todo el universo en movimiento.

Ustedes alguna vez han sentido como la tierra desértica de sus dedos

se traga la última gota putrefacta de la agonía

y hasta las aves carroñeras huyen dejando los cadáveres intactos.

En el páramo se escucha lo que él sigue diciendo. Acérquense. Oigan.

Plantada por la imprudencia de mi sangre

supiste eliminar la cizaña, más ciñaza que el veneno de la ciñaza misma;

que amenazaba los frutos y las cosechas del huerto enamorado.

La sabiduría de tu amor hizo eso y más, mucho más, Rosario de los Misterios

Luminosos.

Le diste a mi amor marcado por el hierro de tus besos

los rayos que atravesaban los nubarrones imprudentes para calcinar el veneno

cizañoso.

Le diste la vida que no merecía, madre castísima

El aire suave parecía sin límites, sin orillas el firmamento sin turbulencias,

sin luces borrosas el túnel inédito de tus caricias.

Sabíamos finito este amor, lo supimos

en el cortejo que marzo del 2010

le hizo a la primavera de tu sonrisa.

Bajo el amparo de una brisa dorada de junio

hicimos el pacto de no degollar  este amor antes de su último pálpito.

Al incinerarlo en la pira del poniente

con la lumbre enlazada de nuestros suspiros,

dijimos que habría un abrazo agradecido,

un saludo de futuro y bienaventuranza y un beso justiciero.

Lo dijimos. Lo pactamos.

El veneno negro de la cizaña

inundo de resplandor agrio

del vergel de ruidos verdes.

Tus manos de diosa terrenal

tus manos de capitana de las once mil vírgenes

inmóviles

ya no quisieron abrir el suelo ni el cielo

para apartar la ponzoña de los frutos,

dejaste a mi amor sin la muerte prometida.

No comenzaré a llevarlo

a arrastrarlo

hasta el ocaso

aún

no

no

no lo haré

hasta que tu le digas por qué lo dejas insepulto

hasta que tu desaparezcas la niebla callada del horizonte.

No dejes que el fénix vuelva a morir

buscando entre las cenizas

las que le pertenecen

para prodigarse la muerte necesaria.

No, no, no. No lo dejes.

Regresa y dale un soplo de lumbre a las luces amargas

o dale al fénix la valentía del asesino para una puñalada

y déjalo, déjalo

que suplique

se humille

se arrastre

solo

solo

solo

hasta el volcán que el poniente eleva

y ahí se inmole con la lava  de tu olvido.

Regresa

ven

te lo suplico

aquí están los ecos de luz de tu cuerpo

no te lleves el bálsamo de tus besos para la herida gangrenada.

Ven

te lo suplico

pon tus caricias como unguento en la cuchillada.

Ven

no dejes que me humille

levántame

ahora que cada rayo de la tarde

es una campanada llamando a muerto.

Ustedes son felices y no saben lo que un amante insepulto gime en un vergel desértico, en

un yermo.

No lo saben.

Ustedes son felices.

Regresen a su paraíso. Yo aquí sigo errabundo.

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