De lo público a lo privado la distancia se diluye en la era de internet

7 mayo, 2014 § Deja un comentario

Una hiperexposición mediática lleva a la abolición de los límites entre los ámbitos

Por Daniel Maldonado

Parecería que en nuestros días la posibilidad del anonimato como un fenómeno deseable se hatransformado en una parodia de la isla robinsoniana: sólo la ficción del aislamiento extremo podría darle cabida; aunque incluso ahora esto es inviable: basta recordar el reciente rescate de una náufraga gracias a que en la ociosidad vacacionista una persona se puso a ver islas desiertas con “Google Earth” y descubrió la señal de S.O.S. de quien llevaba más de una década atrapada.

Cada uno tiene derecho a sus quince minutos de fama, dice la conocida expresión de Andy Warhol.Ahora el azar, la mediatización, los “gadgets” a la mano de cualquiera, incluso de la infancia menos inocente; sin olvidar la omnipresencia de las cámaras de video y vigilancia, pueden convertir en efímera estrella mediática a cualquiera capturado y envuelto en la viralidad de las redes sociales y el internet. Basta una ligera dosis de morbo, gracia, ridículo o explotación de las emociones para convertir cualquier video, imagen o expresión en un fenómeno fugaz, de perecedera inminencia.En un mundo hipertecnologizado, en el que la espectacularidad y la sucesión informativa han transformado el flujo de datos en una inundacióndesquiciada, donde son la constante el deslizamiento, el narcisismo, el vacío, la ligereza y la “primicia del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor” (GillesLipovetsky, “La era del vacío”, 1986);la posibilidad de la fama, la moda y el estrellato están al alcance de un “Meme”, un video en una cuenta de “Youtube”, un tuit o de cualquier publicación en las redes sociales que puedan ser remezclados y reproducidos hasta la saturación (el fenómeno de “el niño yo no fui” en Los Simpson manifestándose con mayor rapidez y rebosamiento).Sin embargo esta popularidad, por lo general restringida a lo pasajero y que obliga a la búsqueda del referente delorigen,es sólo la representación de una careta sin personalidad: si en el teatro antiguo la máscara –personaev se utilizaba para realzar la voz y manifestación del personaje, el vacío de la hiper exposición actual produce una carencia de significado, un ruido sordo y el agrietamiento de las capacidades intelectuales y de comprensión del emisor-receptor.

Dado que ahora lo prioritario no es el esfuerzo de adentrarse en la información, en la complejidad, en la búsqueda de antecedentes, contexto y conocer en gran medida el peso de los mensajes;el constante flujo de datos indiscernibles, apenas aderezados por el encabezado o el pie de foto, por lo general de poco tamaño,junto con el exhibicionismo implacabledan cabida a la disolución de los ámbitos de lo público y lo privado: desde las fotografía a los alimentos que se ingieren, pasando por el etiquetado de imágenes que registran actividades diversas en las que se aparece de manera voluntaria e involuntaria; sin olvidarlas “selfies” –fotos tomadas a sí mismo con un dispositivo móvil, sea de forma individual o en grupo–; o el registro omnipresente de las cámaras de seguridad; la transformación en “Paparazzi” de prácticamente cualquier persona portadora de aparatos de comunicación con cámara de foto, audio o video permiten una exhibición de conductas, hechos y registros que desbaratan y transgreden la definición de la privacidad: el video amateur, el fisgoneo morboso,las páginas dedicadas a mostrar fotografías y videos de carácter íntimo, la incursión del lenguaje y dinámicas pornográficas en la cultura (“Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios”, NaiefYehya, 2013), el sadismo y la violencia Gore, el fetichismoy otros registros de lo demasiado humano, logran ubicarnos del otro lado del Espejo Negro:el territorio de la mirada insidiosa desde la que se es testigo y vigía sin la posibilidad de manifestar responsabilidad alguna, más allá de los crímenes penados como la pornografía infantil y otras prácticas ilegales.(Aprovecho para recomendarle la serie Espejo Negro, poco más de una decena de programas con historias de distopías respecto al uso de la tecnología y sus peligros).

Si bien antes “de la puerta hacia adentro existía la intimidad”, ahora el ojo omnipresente de la cámara ha derrotado la posibilidad de distinguir donde termina lo público y comienza lo privado y ha logrado que en este torbellino lo trascendente y de efecto popular, sobre todo lo referente al ámbito político, sea rebasado por lo desprovisto de importancia pero revalorado y detonado a gran escala dado su carácter de entretenimiento.

Resulta indispensable reconocer la vertiginosa dinámica de saturación informativa y replantearnos el análisis de las tendencias individualistas y mediáticas que a través de un bombardeo incesante se enfocan en el espectáculo, la diversión, el individualismo, el consumo, la enajenación, el control social, la carencia de sentido y la banalización de la vida, las motivaciones de consumo y recreaciónque nos insensibilizan y nos transforman en entes atrofiados, zombis conectados a los dispositivos móviles en los cuales los afanes exhibicionistas han dejado a un lado la posibilidad de distinguir o marcar los límites entre el interés público y el ejercicio de lo privado, pero sobre todo comenzar a cuestionar y retomar la posibilidad de profundizar y dar peso a la información en una era de ligereza, intrascendencia y saturación.

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