Oficios

11 noviembre, 2013 § Deja un comentario


Por Antonio Constantino

Me cuestiono, por qué se asocia el oficio de escritor con algo que debe llevarse a cabo gratuitamente, sin redituar en lo económico y por mera satisfacción de ser reconocido en ciertos gremios.

Es difícil, en mi caso, distinguir cuándo se realiza la pulsión interna de un modo digno, a cambio de ciertas cantidades que hacen valer un trabajo, y el  instante en el que la vocación se opaca por una actitud vendida y falsa con tal de figurar, dar gusto, obtener recursos monetarios, y eso despierta la duda ¿cómo unificar ambas partes?

Truman Capote, Samuel Béquett y más, siempre gozaron de medios para difundir su obra y trabajar en ella, contrario a otros que quizá sin intención se dieron a conocer en distintas circunstancias.

Se puede vender una postura, trabajar en la edición para revistas de Televisa y ganar un dinero que otorgue subsistencia, como también, por hoy, hablar de lo que uno quiere o piensa, aunque ni una ni otra sean sinónimo de calidad informativa y menos de certezas universales; lo que quizá no es posible, con todo y nuestros lugares comunes, es mantener la vena a través de lo efímero, es decir, quienes escribimos necesitamos comer, pagar servicios de vivienda, alquilar nuestro tiempo en alguna actividad redituable, lo que convierte en una misión difícil no ser propositivos a la hora de tomar decisiones.

¿Por qué se piensa que la poesía, el periodismo, la labor de edición y corrección de estilo, deben ejercerse por amor al arte?, ¿por qué las personas que dicen admirar dichas labores suelen decir que les agradan los exponentes porque hacen lo que quieren sin esperar nada?, ¿acaso Poe, Bukowski, Rimbaud, nunca tuvieron la necesidad de alimentar sus letargos con un plato de sopa o una botella de licor?

Es lindo contemplarnos como gente vocacional que no requiere más que concentración mental, pero hasta a mí me cuesta pagar el internet con el que mando mis correos, trabajar en un restaurante y llegar a casa a redactar mis líneas, sin que sea esto impedimento total para estar bien ejerciendo a mis posibilidades la duda de preferir sentirme un semidiós o un pequeño empresario.

Y qué se espera de Kafka, de las malas fórmulas académicas de Jaime Sabines (quien por cierto no me gusta, pero es un sano ejemplo de que la retórica no lo es todo en la cuartilla), de los virtuosos de la tinta dedicados a lavar coches, dar clases a universitarios ganosos, lamer el polvo de los días sin ton ni son.

Viene a mi mente Marisol Vera Guerra, escritora tamaulipeca, editora, poeta de las que amarran, madre de dos hijos que combina ocupaciones de hogar con su tarea de letrista; ella ha manifestado que siempre está dispuesta a publicar, y no le han faltado espacios, aunque más ha ocupado su tiempo en escribir.

Pues no, no suele ser así, los grandes de nuestro tiempo, por llamar de algún modo a quienes nos enseñan en su trabajo que la honestidad, la vivencia en su forma más pura, cotidiana y sincera, sobrepasan los polvos mágicos y el abracadabra que convierte en semidiós al estudioso, tienen empleos rutinarios, enfermizos, que requieren de embrutecerse con alcohol el fin de semana, con deporte, música, y diversos placebos necesarios de vez en cuando porque no hay para más en la cartera y en las horas.

Los laguneros Edgar Valencia, Daniel Maldonado, los tamaulipecos Gloria Gómez Guzmán, Arturo Castillo Alva, Celeste Alba Iris, por citar a algunos, dedican su espíritu a sus hijos, a ganar un salario, a las horas en casa junto a su familia, no a encuentros y talleres de salón, aunque han participado en ello o incluso, como en el caso de Celeste, hasta los han organizado, no es su objetivo primordial convertirse en figuras públicas sino escribir, y nos han enseñado a valorar lo que cuesta pasar noches enteras corrigiendo tesis, redactando artículos, dando forma a sus poemas y a sus críticas.

Es aquí donde pregunto, sin muchas ganas de encontrar la respuesta, ¿cuánto vale comprender lo que un escritor debe forjar antes de sus páginas?; como bien me dijo, en una charla cibernética el maestro Edgar Valencia: todos quienes escribimos buscamos algo, sin saber exactamente (en mi caso ni remotamente) qué es o para qué lo necesitamos, pero día a día emprendemos una minuciosa inspección de lo que somos a través de lo escrito, y eso en el mundo suele tomarse con calma, porque la poesía, la edición, el periodismo, son vocaciones que se hacen por amor al arte, porque se prefiere eso a una vida cómoda.

Cierro mis comentarios con el siguiente cuestionamiento: ¿realmente los escritores auténticos, no los que deben estudiar y recapitular punto por punto los legados clásicos (que los chiquitines de “ruptura” dicen haber trascendido como pretexto de fracasado que no puede ni sentirse afín a ellos para arremedarlos), deben conceptualizarse como exponentes sin un valor real de personas merecedoras de un sueldo digno por el Oficio de escritor?

 

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