Calaveritas para ellos, altares para los de abajo

11 noviembre, 2013 § Deja un comentario


Carmen Espino

El dos de noviembre es, quizá, el único día del año en que la muerte trae consigo una gran fiesta en México. La celebración se realiza a través de las visitas al panteón para llenar de flores las tumbas de los difuntos, la composición de calaveritas literarias y la elaboración de creativos altares de muertos.

Las calaveras literarias son manifestaciones populares que surgieron para expresar las inconformidades mediante un texto corto cargado de críticas ácidas y mofas, generalmente dirigidas contra las autoridades.

A mediados del siglo XIX periódicos como “La patria ilustrada” comenzaban a publicarlas. Y así año tras año, las calaveritas literarias nos han llenado de risa al ridiculizar con palabras ingeniosas al diputado que se quedó dormido, al que aprobó la reforma educativa, al gobernador que nos está robando.

Pero con el tiempo, los medios de comunicación oficialistas han ido desvirtuando esta tradición. Actualmente, la mayoría de las calaveras literarias publicadas en los periódicos o las que se leen en la televisión y en la radio no son instrumento de crítica ni burla a los políticos, sino que están orientados a entretener.

A través de las redes sociales -con las limitaciones de acceso a internet- se obtiene una nueva forma de compartir la información y de recuperar el objetivo de dicha tradición.  El grito en las calles de: “las calaveritas, lleve sus calaveritas”, para ofrecer una hoja volante –como en el siglo XIX-, actualmente se hace de forma cibernética. La situación política, económica y social del país nos exige más calaveritas políticas para ellos.

Por otra parte, la tradición de los altares surge de la creencia de que a los muertos se les permite visitarnos en éste día. Es por ello que se les recibe con ofrendas, flores, calaveras y caña de azúcar, maíz, agua, pan de muertos, sus platillos favoritos; se coloca una de sus fotografías, un camino con flores de cempasúchil, papel picado de colores, sus objetos personales, una cruz de cal, sal, cadenas de papel maché color morado y amarillo para significar la unión entre la vida y la muerte.

Una de las razones para celebrar la muerte, sugería Octavio Paz, es que en un país donde no hay salida, en donde todo es muerte, la muerte se convierte en lo único valioso. Pero en la fase del capitalismo en que sobrevivimos, hay vidas que valen más que otras y también sucede así con la muerte.

La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. No hay espacio en los programas de televisión, ni en los obituarios de los periódicos de mayor circulación en el país, ni minutos de silencio en la radio para los muertos de la clase de los ninguneados, de los olvidados, de los nadie. No hay altares para todos porque la muerte también es un problema de clase.

Durante mucho tiempo, los mexicanos han visto en el festejo de los muertos el día de la excepción al luto colectivo por las masacres cotidianas cometidas por el Estado, el crimen organizado y el sistema imperante contra el pueblo. Las calaveritas para ellos: los capitalistas, los banqueros, los empresarios, los patrones, los que nos explotan. Los altares para nuestros muertos: los de abajo, los que lucharon y los que resistieron hasta el final. Para todos los civiles muertos en el combate al crimen organizado, las mujeres asesinadas en Juárez, en el Estado de México y en todas partes sólo por ser mujeres; para los niños que murieron quemados en la guardería ABC en Sonora; para los mineros en Pasta de Conchos que no tienen una tumba; para los maestros asesinados, para los indígenas victimas del etnocidio.

 

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