Comunicólogos y comunicadores. Universidades en busca de notoriedad

8 mayo, 2013 § Deja un comentario

(Fragmento)
Raúl Trejo Delarbre

 Universidades en busca de notoriedad

Por otra parte, si bien la legitimación que un profesor o un intelectual le pueda prestar a los medios varía según cada circunstancia; el prestigio y la notoriedad que éstos reciben pueden convertirse en elementos de legitimación para esa persona dentro de su propio ámbito de trabajo e influencia. Es de suponerse que los académicos más conocidos gracias a sus apariciones mediáticas tengan mejores posibilidades para que sus libros se vendan. Hasta ahora, el desempeño como comunicadores que llegan a tener los comunicólogos ha sido una tarea complementaria y en muchos casos marginal a sus obligaciones principales que son las de índole docente y en la investigación académica. Cuando un profesor concede una entrevista en televisión, hace un comentario en la radio o publica un artículo en la prensa, a esas tareas se les considera únicamente como actividades adicionales puesto que no forman parte de sus responsabilidades académicas. En las evaluaciones de esa índole, para resolver el ascenso de los profesores e investigadores o para otorgarles becas, sobresueldos y otros respaldos que existen en algunas universidades latinoamericanas, la participación en medios no se toma en cuenta o únicamente forma parte, habitualmente accesoria, de las tareas de divulgación.

Sin embargo, cada vez se extiende más la costumbre de considerar que, al participar en medios –es decir, al convertirse en comunicadores aunque sea de manera esporádica– los académicos ayudan a darle notoriedad a la institución universitaria para la cual trabajan. Esa concepción solamente es posible cuando en los cuerpos directivos de las universidades se estima que el nombre de sus profesores, desde luego junto con su adscripción institucional, debe ser mencionado con insistencia en los medios de comunicación. Al considerar que las universidades compiten por el reconocimiento de la sociedad y que éste se expresa, entre otros factores, en la presencia mediática de sus profesores, se supone que las tareas de tales instituciones se encuentran ceñidas, aunque sea parcialmente, a un mercado en donde la reputación no depende necesariamente de la calidad ni la utilidad de la investigación y la docencia sino de la habilidad de quienes desempeñan esas tareas para llegar al escenario comunicacional.

En nuestros países, ya comienza a suceder que algunas universidades privadas incluyen la participación de sus profesores en medios de comunicación para resolver primas salariales y estímulos escalafonarios. Esa manera de premiar la notoriedad mediática, puede signi.car malas noticias para el desarrollo propiamente académico y se sintoniza con una tendencia que se aprecia en otras latitudes. En Australia, por ejemplo: “Los requerimientos para singularizarse de las universidades contemporáneas buscando legitimidad, ‘identidad de marca’ y ampliar su posición de mercado bajo condiciones de un sistema de educación superior más mercantilizado y privatizado, han vuelto frecuentes los apurados intentos para situar al conocimiento académico dentro del discurso mediático de todos los días”.

Además de la distorsión que puede implicar en las prioridades y el desempeño de las tareas sustantivas de las universidades, esa promoción de la notoriedad mediática tiene implicaciones en la organización del trabajo e incluso, como advierte el ya citado Sánchez Parga, en la identidad de los profesores universitarios cuando atienden más a los medios que al salón de clases, el laboratorio o el cubículo: Quizás nada… separa tanto al docente universitario no ya del aula y su docencia sino de su misma identidad cientí.ca y académica como su transformación en intelectual mediático, al imponerle una forma de pensar y de enfocar los problemas totalmente diferente de la forma de razonar y de plantearse las cuestiones y los conocimientos en términos académicos y cientí.cos.

En este sentido el intelectual mediático, de manera análoga al transformado en ‘consultor’ o ‘experto’, no sólo abre un vacío entre el espacio mediático y el ámbito académico y cientí.co del aula sino que se marginaliza y vuelve extraño respecto de éstos.

Habrá quienes precisen que al propagar sus conocimientos en los medios, los académicos rompen el aislamiento que frecuentemente padecen las universidades en relación con las realidades y exigencias de la sociedad. En principio así se le puede considerar a esa participación que, como indicamos antes, implica limitaciones severas para difundir el discurso y los conocimientos académicos. El alejamiento que llegan a experimentar las universidades respecto de sus sociedades tiene causas muy variadas y de ninguna manera podría resolverse con una estrategia de “posicionamiento mediático”. Por lo demás ese apartamiento, cuando existe, se traduce sobre todo en carencias o distorsiones en las políticas académicas y de ninguna manera signi.ca que los profesores se encuentren en condiciones sustancialmente privilegiadas en comparación con la sociedad de la cual forman parte. Cuando nos referimos a la torre de marfil como se dice en el título de estas consideraciones, lo hacemos de manera esencialmente metafórica: la depauperación de numerosas universidades públicas, así como la mercantilización de muchas universidades privadas, han deteriorado las condiciones laborales de los profesores, especialmente en los niveles más básicos de los escalafones académicos. Solamente los profesores de larga antigüedad y con reconocimientos y sobresueldos variados, llegan a tener remuneraciones medianamente satisfactorias. Para la mayoría la inestabilidad laboral, las condiciones de trabajo precarias, los salarios bajos, las prestaciones cortas e incluso las jubilaciones irrisorias (no son pocos los académicos que siguen trabajando mucho después de la edad reglamentaria no por desmedida vocación sino por irremediable necesidad) son elementos de una realidad incómoda e injusta. La posibilidad de desarrollar una carrera académica es un privilegio. Pero a esa distinción no siempre se la resguarda con garantías laborales suficientemente satisfactorias. Delimitada así la torre de marfil, o convertida con frecuencia en condominio repleto de goteras y a pesar de todo habitable, la implicación con los medios por parte de los comunicólogos, igual que otros académicos, puede signi.car complementos a las insuficientes remuneraciones que percibe la mayoría de ellos. Pero, además, el aliciente mediático puede compensar o reemplazar, según sea el caso, el reconocimiento que los profesores no siempre encuentran en sus instituciones académicas.

***

No hay un paradigma capaz de resolver los dilemas que aparecen en la relación entre comunicólogos y me dios de comunicación. En un escenario ideal, los primeros tendrían que contribuir a la comprensión del desempeño y los efectos mediáticos. Los medios, en tanto, sería deseable que encontrasen referentes críticos en quienes tienen por tarea el análisis de su desempeño. Los puentes entre estudiosos y docentes por un lado, y profesionales y empresas de la comunicación por el otro, son naturales, necesarios y desde luego deseables, siempre y cuando cada una de esas partes reconozca la función social de la otra. Pero esa relación padece des- igualdades ingentes cuando en el campo de los medios se mira a la participación académica como un recurso accesorio, e incluso meramente ornamental, a la programación que ya ha sido diseñada y resuelta bajo criterios habitualmente distanciados del interés público.

Cuando en el campo de la academia analizamos a los medios, una de las motivaciones que nos asaltan con mayor frecuencia es la aspiración para contribuir a reformarlos, una vez que reconocemos las muchas limitaciones y menoscabos que nuestros sistemas de comunicación imperantes implican para la sociedad. Es difícil resignarse únicamente a contemplar a los medios, sin involucrarnos en la lid para modificarlos. Parodiando a Marx en su célebre undécima tesis sobre Feuerbach, los comunicólogos por lo general no han hecho más que interpretar de diversas maneras a los medios, pero de lo que se trata es de transformarlos. Sí, pero para ello resulta preciso entenderlos, aquilatarlos, examinar a los medios con rigor y más allá de las pasiones que suscitan. Para cambiar a los medios es preciso entenderlos, también, con el .n de que ellos no nos cambien a nosotros –o para entender de qué maneras nos están cambiando.-

http://rtrejo.files.wordpress.com/2011/12/comunicc3b3logos-y-comunicadores-entre-la-torre-de-marfil-y-el-torrente-medic3a1tico-revista-udual-sept-dic-2010.pdf

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