La televisión para los de abajo

5 abril, 2013 § Deja un comentario


Carmen Espino

 La televisión para los de abajo es la que se transmite por señal abierta. Llega a la mayoría de las familias mexicanas con el objetivo de entretener, generalmente en detrimento de la mujer, quien es vista como un objeto sexual y servil. Además discretamente en el contenido se menosprecia a la misma clase a la que se dirige.

Obreros, campesinos, amas de casa y la “prole” en general durante y/o después de sus jornadas de explotación doméstica y laboral se sientan ante un televisor que día con día les mata de a poco los sueños y las esperanzas de un día dejar de ser esclavos asalariados, de un día dejar de ser jodidos.

Así lo dejó claro hace más de dos décadas el entonces dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, quien expresó con honestidad la filosofía de la televisión mexicana en una peculiar frase: “México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida. Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil.”

Este discurso muestra una visión fatalista del espectador, fortaleciendo que “los ricos también lloren (pero de risa)” como en la novela, ya que al determinarse que el pobre siempre lo será como una condena absoluta, la clase explotadora tiene asegurada la hegemonía. Aceptar el “destino proletario”, de ser pobres, sentarse a ver la televisión y olvidarse un poquito de su miseria; es perpetuar el capitalismo.

 En el capitalismo hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que se encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente (como en las telenovelas), sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos. El capitalismo hace su riqueza con despojo, o sea con robo, con la explotación de los trabajadores. Bajo el capitalismo mandan los que tienen el dinero y los que obedecen somos quienes sólo contamos con nuestra capacidad de trabajo.

La televisión para los de abajo está orientada a despolitizarnos: “no importa quien gobierna, si no voy a dejar de ser jodido”; es un contenedor de rabia y nos adormece la combatividad al determinar que por más que trabajemos o luchemos nuestra condición de pobres no va a cambiar.

Desde el nacimiento de Televisa, que casi fue a la par que el del PRI, se construyó una extraña política entre el primer Emilio Azcárraga y el gobierno priista en turno, siempre caracterizada por las concesiones y el apoyo mutuo. El segundo Azcárraga logró consolidar la vinculación hasta hacerla una simbiosis durante periodos electorales, cerrando sus canales a la expresión de las fuerzas opositoras. Y aunque el tercer Emilio dejó claro, en meses pasados, que no lo debe nada a ningún partido, la frase que su padre dijo: “somos soldados del PRI y del presidente”, a lo largo de la vida de Televisa se ha demostrado.

Con la vinculación entre el gobierno y la televisora, cobra fuerza la teoría del filósofo marxista de origen francés, Louis Althusser, quien explicó que los medios de comunicación, como la televisión, servían al Estado para perpetuar la ideología de éste.

El Estado por sí mismo no puede llegar a tantas personas, por eso utiliza a la televisión, la Iglesia, la familia y la escuela principalmente, para reproducir la línea política y económica en turno: la capitalista liberal o neoliberal, ésta última luego de ascender al poder Carlos Salinas de Gortari.

Para los tres Azcárraga la televisión simplemente es un gran negocio: venderle espectáculo a los pobres y, a cambio, garantizarle al sistema la sumisión de los “jodidos”. Televisa ha creado un espectador que se ajusta a la ignorancia del capitalismo. No pretende más que incorporar a los pobres a la sociedad de consumo y tampoco pretende sacarlos de esa condición. Mucho menos instruirlos.

Es lógico que a pesar del relevo generacional y de los cambios que ha sufrido el país —aunque dentro del sistema— la visión del consorcio mediático no haya cambiado. La justificación de Televisa y de Tv Azteca es que la pésima calidad de la televisión mexicana se debe a que “es lo que la gente quiere ver”; o que “el público no es perfectible, no quiere algo distinto a lo que se produce, no comparte las posiciones críticas, se aburre con la “alta cultura”, se desespera si no siente que la televisión está a su nivel”; o que el pueblo le cambiaría de canal, si no quisiera esa programación; o apagaría la televisión.

La realidad es que no hay alternativas de programas y la nula atención que prestan las televisoras a quienes critican los contenidos hace que los televidentes sean nadie, puesto que no influyen en si un programa sale o no del aire.

La madrugada del viernes 22 de marzo fue aprobada la reforma en materia de telecomunicaciones y radiodifusión por la Cámara de Diputados; a pesar de que en el borrador estaba contemplado el “derecho de las audiencias”, en la reforma se suprimió; otra vez queda sin tocarse el monopolio de la opinión pública, donde los hechos sólo tienen una versión: la de los de arriba.

Las audiencias deberían tener derechos, como el de participar y criticar los contenidos; el de ver una película sin el abuso de los comerciales; y el de contenidos sin discriminación: ni denigrantes, ni sexistas o racistas. El derecho de las audiencias es un término que no les gusta ni a Televisa ni a Tv Azteca; quieren ser ellos los que decidan qué transmitir, cómo transmitir y seguir marcando línea política en los contenidos, para influenciar y adormecer a la teleaudiencia. La reforma sigue siendo un juego entre poderes fácticos y poderes institucionales donde los ciudadanos siguen siendo meros espectadores al no poder participar en los contenidos.

La televisión para los de abajo seguirá siendo un aparato ideológico donde el pobre debe asumir que seguirá siendo pobre, sin mostrar que el camino es luchar por acabar con la explotación del hombre por el hombre, de aspirar a una sociedad sin clases: sin ricos que ríen, ni pobres que gimen.

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