Comunicólogos y comunicadores. Frases expresivas y efectistas en los medios

5 abril, 2013 § Deja un comentario

(Fragmento)
Raúl Trejo Delarbre


Frases expresivas y efectistas

Hipotecados a los formatos mediáticos los comunicólogos, que puesto que es su campo de estudio algo saben de la banalización y el esquematismo a los que es tan proclive la televisión, con frecuencia encontrarán casi natural la fabricación de un discurso conceptualmente menguado aunque resulte retóricamente abultado. En palabras del profesor ecuatoriano José Sánchez Parga: “Cuando un cientista social se hace presente en TV deberá escoger un conjunto de frases lo suficientemente expresivas y efectistas (no necesariamente las más inteligentes o inteligibles), para que además de ser entendidas merezcan ser recordadas, más por la imagen literaria que por la idea transmitida. De la misma manera que un cientista social entrevistado por un periódico puede estar seguro del trabajo editorial al que serán sometidas sus declaraciones, y que puede dejarlas perfectamente irreconocibles”. El mismo autor explica, de manera contundente, el propósito habitual de los medios de comunicación cuando requieren la colaboración de los académicos: “A estos analistas… no se les pregunta lo que piensan sobre un determinado hecho o problema social sino simplemente lo que opinan”.

Opinar, evidentemente, no es una tarea tan ambiciosa ni de tantos alcances intelectuales como analizar. Vale la pena distinguir entre opinadores y analistas para comprender de qué sirve, y a quién sirve, la actuación los comunicólogos cuando se desempeñan, además, como comunicadores. Con los señalamientos anteriores no queremos decir que el comunicólogo deba permanecer al margen de los medios. Además de ser su objeto de estudio, la televisión, la radio o la prensa -y desde luego, con otras características, los nuevos medios- constituyen espacios que pueden contribuir a la divulgación de las reflexiones y aportaciones forjadas en el trabajo académico. Pero nadie, como el comunicólogo, está en mejor capacidad e incluso en la obligación para comprender perfectamente las implicaciones y consecuencias que puede tener su eventual presencia en los medios de comunicación. Cuando un comunicólogo se involucra en los medios, el efecto que puede alcanzar esa participación es cualitativamente distinto al que tiene el trabajo de un profesor de arquitectura que además de sus tareas docentes diseña un edificio, o de un médico que además de explicar en el aula cómo se hace una cirugía, la practica regularmente en el quirófano.

La cercanía con los medios le permite al comunicólogo saber, en los hechos y no solamente desde el cubículo o a partir del libro de texto, cómo se hacen la radiodifusión o el periodismo. Aparecer en televisión o declarar en un diario, no implica forzosamente convalidar la política editorial de la empresa televisiva o del periódico en donde se reproducen los puntos de vista de un comunicólogo.

Con esa perspectiva el profesor Raúl Rodríguez Ferrándiz, de la Universidad de Alicante, ha explicado: Es evidente que el papel del intelectual ha cambiado mucho en este último siglo. La ciencia y la Universidad se han especializado cada vez más, y es difícil que sus corpus teóricos, esotéricos en grado sumo, puedan imponerse en la conformación de la opinión y el encauzamiento de las voluntades públicas. Los medios de masas son los foros donde la contribución del intelectual se hace relevante, a condición de someterse a las formas del medio. Pero considerar orgánico a todo intelectual que interviene en los medios, y por ello inapelablemente sedicente y traidor, es sin duda excesivo.

Lo es, en efecto, de la misma manera que resultaría ingenuo suponer que toda participación mediática está desprovista de las inflexiones, los intereses y las implicaciones que le impone el contexto del medio en donde tiene lugar. Para los académicos, acceder a los medios en ocasiones implica un reconocimiento al trabajo que han realizado y desde luego, una ocasión para contribuir al entendimiento del tema que son invitados a explicar.

Las tareas de divulgación que, después de la docencia y la investigación, constituyen las asignaturas nodales de las universidades, pueden desarrollarse aunque sea en parte en los espacios que, por interés o necesidad, los medios de comunicación abren a voces y expresiones de la academia.

 

Los medios no se cuestionan a sí mismos

Para los especialistas en comunicación la presencia en los medios puede ser una oportunidad de coadyuvar en la construcción, entre los ciudadanos, de una actitud reflexiva respecto de la televisión, la radio o la prensa. Sin embargo, no hay que dejar de tomar en cuenta que, con frecuencia, los directivos y operadores de los medios de comunicación están dispuestos a que en esos espacios sean cuestionados todos o casi todos los actores de la vida pública con una excepción: allí es infrecuente la visión crítica acerca de los medios mismos y muy fundamentalmente de la empresa o el consorcio propietarios de la estación o el periódico en donde se presenta el especialista en comunicación.

Las posibilidades para que en un canal televisivo de Rede Globo en Brasil puedan ser señalados los errores que hubo en un programa de esa emisora, o para que en una estación del Grupo Clarín de Argentina haya una opinión crítica a un artículo publicado en el diario del mismo nombre, son previsiblemente escasas. En la televisión oficial de Venezuela son prácticamente imposibles los cuestionamientos a posiciones políticas distintas a las del gobierno que controla los medios no comerciales en ese país. En Televisa, el siempre refrenado afán crítico que pueda haber en algunos espacios en los canales de ese consorcio mexicano tiene como límites infranqueables los intereses mercantiles y políticos de dicha empresa. Se podrá decir que resulta inevitable que tales medios se sustraigan a las prioridades de los consorcios que los manejan. Y en efecto, en sistemas mediáticos ceñidos a la hegemonía de corporaciones privadas la fuerza de tales intereses suele desplazar a cualesquier otro. Pero los medios de radiodifusión cuentan con responsabilidades sociales y jurídicas que tendrían que acotar la preponderancia del beneficio empresarial.

En algunos países de América Latina el siempre intenso poder de los medios se multiplica cuando unas cuantas corporaciones manejan muchas concesiones de televisión y radio, acaparando audiencias e inversión publicitaria pero sobre todo la atención del público. Cuando se encuentran supeditados a mercados de televisión o radio monopolizados por unos cuantos consorcios, los ciudadanos son rehenes de la concentración mediática y sus posibilidades para acceder a enfoques plurales en la información y el examen de los acontecimientos públicos quedan sustancialmente coartadas. Ese es el contexto en el cual, con frecuencia, los comunicólogos de distintas regiones y realidades latinoamericanas comparecen en los medios de comunicación.

En esas condiciones no resulta extraño el desinterés de los medios, al menos de los que alcanzan mayor cobertura y presencia sociales, para abrir espacios a la deliberación de las realidades comunicacionales. Por lo general, cuando en la televisión se discuten contenidos televisivos o de otros medios, es dentro de programas dedicados a la murmuración farandulesca, equívocamente denominados “del corazón”, cuyos conductores y productores no tienen escrúpulo alguno para entrometerse en la vida privada de los personajes públicos. En algunos espacios en la radio y sobre todo en la prensa, a veces hay interés en el análisis de los medios pero fundamentalmente como complemento a las guías de entretenimiento. A diferencia de otras regiones del mundo, en donde los asuntos relacionados con los medios de comunicación aparecen en las secciones de información política o social, en distintos países de América Latina todavía es frecuente que el de los medios sea un tema relegado a las páginas de espectáculos o, cuando se trata específicamente de las empresas mediáticas, a las secciones de información financiera. El especialista en medios, en comparación con otros colegas de las ciencias sociales, padece esa desventaja adicional cuando colabora en un espacio periodístico.

En contraste con los politólogos y los sociólogos, cuyas contribuciones se publican en las páginas editoriales, los artículos de los comunicólogos suelen aparecer junto a las fotografías de actrices y la cartelera de televisión.

Inteligencia retórica y gratificación narcisista

Hablar de intelectuales mediáticos o, en nuestro caso, de comunicólogos habilitados como comunicadores, permite describir una realidad que se ha venido extendiendo en las relaciones entre el mundo académico y el resto de la sociedad pero también, evidentemente, esa expresión tiene implicaciones peyorativas. Aunque inicialmente fue utilizada en Francia para describir la presencia pública que a pesar de sus heterodoxas posiciones políticas e incluso a contrapelo de los intereses de los medios alcanzaron escritores como Jean Paul Sartre, en América Latina se ha dicho “intelectuales mediáticos” de aquellos que sacrifican rigor y densidad en sus argumentaciones con tal de recibir el beneplácito de las empresas comunicacionales.

Gracias a ese acceso, los académicos y pensadores que se convierten en personajes de la televisión y la prensa consiguen llegar a segmentos de la sociedad a los que no alcanzarían con sus libros y que jamás se asomarían a una de sus cátedras universitarias.

Con intencional sarcasmo, hace algunos años el filósofo Martín Hopenhayn, profesor en la Universidad de Chile y cuyo agudo pensamiento ha incursionado venturosamente en la reflexión acerca de la comunicación y la cultura, escribió varias parodias de lo que dirían unos intelectuales de otros.

La opinión de un presunto pero representativo “intelectual crítico” sobre un también hipotético “intelectual mediático”, va en el siguiente tenor: No quiero parecer grave en mis juicios; pero cada vez que lo veo en televisión me da la impresión que ha privilegiado de tal modo el acto comunicativo por sobre la sustancia, que incluso él mismo termina convencido de que la realidad es bastante simple. Ha sacrificado la profundidad en aras de la anchura, y ha sustituido el desarrollo del conocimiento por su traducción al público masivo. Pero inevitablemente se aplica aquí lo de ‘traductor-traidor’. ¿Pensará él lo mismo? Se le atribuye una función loable, a saber, ilustrar al público general, tejer un puente entre la sensibilidad de masas y la reflexión de los intelectuales. A veces logra, lo admito, adecuar ciertas citas de filósofos como rúbrica en sus comentarios sobre contingencia.

Pero siempre queda la sensación de que lo hace como si se tratase de una jugada en un tablero, y que el tablero fuese su propia imagen como intelectual frente a la sociedad. Siempre parece tan razonable, y su elocuencia es capaz de desplegarse en lapsos cada vez más cortos. Ha comprimido el tiempo de la reflexión crítica en el tiempo de una opinión frente a las cámaras. Y así, casi sin darse cuenta, da opiniones sobre todo. Porque se lo consulta acerca de todo, incluso de aquello que probablemente él jamás ha investigado o pensado. Y es tal su hábito de responder, que siempre tiene alguna respuesta frente a cualquier pregunta, y siempre la presenta como si fuese el resultado de una reflexión previa.

Y como el hábito hace al monje, él termina creyendo que sabe de todo, cuando en realidad opina de todo, que no es lo mismo. Cierto: son opiniones sensatas, algunas más imaginativas que otras, y que tienen la virtud de seducir al auditorio con brochazos de inteligencia retórica. La cuestión es si esa inteligencia retórica del intelectual de la televisión tiene como fin último la gratificación narcisista del emisor o el estímulo a la reflexión en el auditor.

Con frecuencia, desde una perspectiva en extremo ideologizada pero entendible en virtud de la mala fama que los medios mercantiles suelen tener en el mundo académico, se considera que quienes participan en espacios mediáticos contribuyen a legitimar a las empresas de comunicación.

Seguramente así ocurre, aunque no siempre en la medida en que suponen quienes insisten en ese efecto de la colaboración intelectual y académica con los grandes medios. Las empresas de comunicación requieren de distintas ver tientes para prestigiarse ante la sociedad.

La más importante de ellas es la confianza que les puedan dispensar sus audiencias, al tomarlas como fuentes de información y entretenimiento. Cuando los públicos de la televisión o de cualquier otro medio disponen de varias opciones para entretenerse e informarse, las empresas de comunicación necesitan mejorar su oferta de mensajes, buscan competir entre sí con más variadas propuestas en materia de contenidos y tratan de obtener, entre otros factores, la adhesión de exponentes de los ámbitos intelectual y académico.

Para una empresa de comunicación la participación de profesores y pensadores es importante, pero dista de ser su prioridad cuando está en busca de legitimación ante sus televidentes o radioescuchas. Y en un contexto de escasa o nula competencia, cuando las opciones en ese campo se reducen a una o dos, a la televisión le interesa poco el prestigio que le puedan conferir los académicos o intelectuales. Para esas empresas, en tales condiciones, la función de pensadores y escritores, y desde luego de los comunicólogos cuando llegan a invitarlos, puede ser simplemente de complemento en su programación: de relleno, para decirlo en términos francos.

Fuente: http://rtrejo.files.wordpress.com/2011/12/comunicc3b3logos-y-comunicadores-entre-la-torre-de-marfil-y-el-torrente-medic3a1tico-revista-udual-sept-dic-2010.pdf

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