Discurso académico y simplificación mediática

7 marzo, 2013 § 1 comentario

Comunicólogos y comunicadores. Entre la torre de marfil y el torrente mediático

(Fragmento)

Raul Trejo Delabre

El discurso académico suele descansar —o eso, al menos, se presume— en una exposición racional de hechos, que son puestos a discusión y a partir de los cuales se extraen conclusiones. Como siempre hay excepciones pero en ese discurso, tanto o más que desembocar en corolarios estridentes o sorprendentes, lo que importa es el camino para llegar a unos u otros resultados. En ese examen la delimitación de matices, así como la identificación de las vertientes e implicaciones que hay en cada problema, permiten un análisis ponderado por encima o más allá de simpatías, prejuicios o emociones del investigador. El contexto mediático suele ser refractario a ese discurso. Acicateado por la velocidad que sus productores han querido consustancial al desempeño de los medios contemporáneos, el académico sometido al formato mediático apenas si tiene tiempo para expresar algunas frases, sin espacio suficiente para articularlas con la cadencia que suele dominar en el discurso universitario.

Nadie espera que un físico explique la teoría de la relatividad en los 30 segundos que encuentra disponibles a la mitad de un programa de televisión o, en nuestro caso, que podamos describir la teoría de las mediaciones o la metodología hermenéutica en medio minuto. Pero aun los asuntos de la agenda mediática cotidiana por los cuales pueden ser requeridos los comunicólogos, tendrán que ser referidos con la velocidad que exigen las costumbres imperativas y perecederas de la televisión.

Aunque se trate de ofrecer un juicio express acerca de las telenovelas como espejos culturales de la sociedad, la mediatización de los eventos deportivos o las implicaciones de la televisión en la cobertura de acontecimientos políticos, el comunicólogo tendrá que prescindir de cualquier marco teórico, olvidarse de sus ilustradas referencias bibliográficas, hacer a un lado el cotejo de experiencias nacionales o internacionales y parapetarse en la contundencia de la frase drástica.

Constreñidos por el apresuramiento estructural de la televisión, los académicos convocados a ese medio tendrán que optar por la sentencia tajante, tan concisa que difícilmente podrá llegar más allá de la adjetivación encomiástica o descalificadora pero inevitablemente maniquea. A los políticos, desde hace varias décadas les sucede algo similar. Por conveniencia, pero también por ignorancia, suelen suponer que hoy en día no tienen otro recurso para lograr y mantener consensos entre los ciudadanos que el sometimiento a los espacios y las reglas de la televisión. La omnipresencia social de ese medio les ha llevado a estar persuadidos de que no hay elección, o proyecto público, que pueda ganarse si no es con el aval televisivo. Aunque se ha demostrado que una presencia mediática intensa no significa necesariamente más votos en las elecciones ni mayores índices de aprobación en las encuestas, nuestros políticos han contribuido a reforzar la idolatría por la televisión. Consecuentemente, se desviven por una pizca de rating en ese medio y acceden a sacrificar su discurso —y, cuando los tienen, sus programas de gobierno— estrujando en unas cuantas frases sus ofertas a los ciudadanos. Rehenes del marketing político, a menudo han supuesto que la modulación de la voz, el color de la corbata y la sonrisa delante del teleprompter son más importantes que el fondo de sus propuestas.

Así también, la condescendencia al formato habitual en la televisión no solamente simplifica sino, cada vez más, distorsiona y adultera el discurso de los intelectuales y académicos cuando acuden a los medios de comunicación.

Aunque en estas líneas nos referimos fundamentalmente a la televisión, tales observaciones pueden ser aplicables a la radio que, a pesar de tener mayores márgenes para la disquisición, también está dominada por los apremios de tiempo y la exigencia de espectacularidad. En una tertulia radiofónica puede haber espacio para que un especialista se demore uno y hasta dos minutos en ofrecer una explicación —la misma explicación que en el salón de clases puede extenderse durante una hora, o que en un libro quizá alcanza una decena de páginas. Pero aunque haya logrado precisar argumentos, razonamientos y matices—, a los radioescuchas les llamará más la atención la perorata de otro contertulio si en vez de explicar pacientemente resuelve su posición en un par de imprecaciones, cuanto más altisonantes más mediáticamente eficaces.

Algo similar está sucediendo en la prensa escrita. Aunque proverbialmente ha sido el espacio privilegiado del intercambio racional —en la acepción que Haberlas explica cuando se refiere al espacio y a la esfera públicos—, la prensa parece encontrarse en un proceso de involución respecto de su función analítica. La creciente competencia que significan los medios electrónicos, la paulatina pero invariable caída en las tasas de lectura de diarios, la frecuente perplejidad ante el despliegue de Internet y la incapacidad de sus editores para encontrar el nuevo perfil que podría alcanzar en este nuevo contexto, está convirtiendo al periodismo impreso en un híbrido sin personalidad propia. La nueva usanza en los diarios es la compactación de las notas, el acrecentamiento de la tipografía para los encabezados, una nueva jerarquía de las imágenes y el sacrificio del texto porque, se considera, los lectores están tan habituados a la televisión y al ordenador que ya no tienen tiempo ni ganas para leer el periódico.

Rezagadas respecto de los medios electrónicos, las noticias en la prensa les dicen poco o nada a esos lectores. Las imágenes en papel, difícilmente rivalizan con las que ya han sido vistas en el televisor. Pero en vez de aprovechar su mejor ventaja comparativa que son los contenidos, los editores de diarios suelen sacrificar el espacio destinado a reportajes y textos de análisis.

La explicación de los acontecimientos ocupa un sitio cada vez más irrelevante en los periódicos. Los artículos editoriales tienden a quedar comprimidos a unas cuantas líneas. Igual que en la televisión, la densidad es desplazada por la espectacularidad. El razonamiento apenas puede restringirse a silogismos simplísimos o, de preferencia, cede su lugar a las sentencias contundentes. Los espacios de opinión son ocupados por nuevos y antiguos políticos, o por personajes de la farándula, los medios, el deporte y otras actividades de intensa visibilidad pública.

Es frecuente que locutores y conductores televisivos, de pronto resulten ser analistas en la prensa escrita. En medio de ese elenco es donde académicos e intelectuales, entre ellos los comunicólogos cuando son invitados a escribir en la prensa, tienen que desempeñarse. No está mal poder discernir en público acerca de un asunto relevante y actual, sobre todo si se trata de una contribución por escrito que es de esperarse aparezca publicada completa y respetando la secuencia y el estilo argumental que su autor decida imponerle, aunque sea en el apretado espacio de cuando mucho medio centenar de líneas. Pero cuando no es en un artículo que le ha sido solicitado, sino en una entrevista, el comunicólogo, igual que cualquier otro declarante que se tome en serio a sí mismo, puede esperar con aprensión la publicación de sus declaraciones. No es infrecuente que después de una entrevista de una hora, en el transcurso de la cual ha procurado ser especialmente cuidadoso para que su explicación la registre puntualmente el periodista que lo buscó para conversar, el comunicólogo, como cualquiera de sus colegas en el mundo académico, encuentre que de sus opiniones solamente se publicó un par de líneas: casi siempre, las que fueron más rotundas. Así ha ocurrido siempre en la prensa. Pero de un tiempo a la fecha, la mimetización que buena parte del periodismo impreso ha decidido tener con los formatos audiovisuales, está conduciendo a una todavía mayor simpli.cación, junto a una más frenética búsqueda del sensacionalismo.

http://rtrejo.files.wordpress.com/2011/12/comunicc3b3logos-y-comunicadores-entre-la-torre-de-marfil-y-el-torrente-medic3a1tico-revista-udual-sept-dic-2010.pdf

 

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