La temblorina del reportero de la nota roja

20 febrero, 2013 § Deja un comentario

por John Valued*

 A Fernando, de apenas veintitantos años, le dio la temblorina. Así llegó a mi casa, con el miedo amontonado en su cuerpo menudo, unos 35 putamadres y 70 nomames. Se la jugaba como reportero de la fuente policiaca y corría el rumor de que los malandros iban tras él. Les molestó que la cabeza de la nota, firmada por Redacción, elaborada por Fernando, fue publicada con un verbo que los hacía ver como coyones: no es lo mismo decir que los hombres armados se replegaron durante el enfrentamiento con la policía, a  decir que huyeron.

Sucede que en este medio, el periodista debe saber que una palabra puede costarle la vida. Los delincuentes jamás huyen, sólo se repliegan. Si no sabe usted de eso, tendrá qué sufrir la temblorina, la sensación de ser perseguido por sicarios y de mearse cada que un vehículo se acerca. Son gajes del oficio.

Con esta historia, y la temblorina, por supuesto, llegó Fernando. Trajo consigo un recuerdo, el de aquella vez que, ya encamado con mon amour, la petite francaise, tuve que dejar la sesión amorosa para otra noche. La imagen de una narcocartulina en mi cabeza hizo que la irrigación sanguínea se me quedara estancada en el cerebro y no en los genitales donde debía estar aquel momento.

Ahí, estaban dos cabezas ¿Quieres ver la otra foto? me preguntó Richie, reportero de la nota roja. La cartulina, con dos grandes huecos hechos por la humedad de la sangre que emanaba de la parte mutilada de los cuerpos, decía algo así como que Más vale que publiquen esto o ahora sí volverán a caer más periodistas. El mensaje iba dirigido a quien chambeara en el diario sensacionalista. Por eso, Richie tuvo qué dormir en hotel aquella noche. Le llamó por teléfono a su esposa para pedirle que se fuera con todo y chamacos a casa de la abuela, ahí donde no los encontraran las balas de los cuernos de chivo.

Y yo, aunque le dije a Richie que no, que no quería ver la otra fotografía, esa donde sí venían las dos cabezas sobre el pedazo de cartón verde fosforescente, y aunque no me la enseñó, traje toda la noche el trasero en la mano y así lo fui a pasear con la francesa. Salí cabizbajo del departamento. Merde.

Les decía, pues, que Fernando, con temblorina incluida, llegó a mi casa para maldecir a los malandros. Es lo más que pudo hacer. Maldijo al planeta y al país y a este gobierno que tuvo la gran idea de la guerra contra el narco. Algo así dijo. Y se maldijo a sí mismo porque, aunque le faltaban más de 50 años para cumplir con la edad marcada como la esperanza de vida en México, se le había ocurrido meterse a un oficio que le coqueteaba a la muerte y que lo tenía con la mentada temblorina.

A pesar de todo, a Fernando le gustaba su trabajo. Los periodistas tienen una relación enfermiza con el oficio. Son las mujeres golpeadas que adoran a su marido.

Hace unos meses, participé en un panel en el que Bonilla, director de un periódico sensacionalista de Saltillo, les expuso a estudiantes de Comunicación cómo se las arreglaba ante los peligros presentados en la labor periodística. El lagunero soltó un par de anécdotas y, en cada escena, asomaba la emoción de haberlas protagonizado. Parece como si en cada frase escapara un Sufro pero me encanta.

Hay quien paga por amarrarse a una cuerda elástica y saltar a una altura de 45 metros o hay quien se lanza de una avioneta con un paracaídas sobre la espalda. Hay otros que prefieren la adrenalina en dosis prolongadas: esos se meten a la policía, de sicarios o de reporteros.

Fernando era reportero. Durante su primer día en la chamba, le fue de maravilla. Cubrió puros accidentes viales. El jale es pan comido, pensó. Pero esa había sido una jornada rara en la Comarca Lagunera, una sin asesinatos.

Al día siguiente, en vez de atropellados lo esperaban diez cuerpos decapitados, formaditos en fila cerca del lecho seco del río Nazas. Minutos más tarde, al grupo de reporteros que cubría la nota, incluido Fernando, le llegaría el pitazo de que aparecieron las cabezas en otro lugar. Y allá fueron.

Y allá van. Con libreta y pluma en la mano. Con cámara y grabadora. Con la temblorina, sí, aunque también con la esperanza en que la adrenalina sólo llegará por cubrir accidentes viales.

*Hijo bastardo de Peter Moor.

 

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