Tlatelolco del 68: crimen de Estado

9 octubre, 2012 § Deja un comentario

Carmen Espino

Cuarenta y cuatro años han pasado desde que el Estado manchó de sangre la plaza de las Tres Culturas. Mientras el movimiento estudiantil gritaba: “libros sí, bayonetas no”, “al hombre no se le doma, se le educa” y “diálogo” para la solución de sus demandas; el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz eligió la represión, acostumbrado al monólogo, maquinó esa matanza que nunca se olvidará, la del 68.

El régimen que se ensaña contra sus jóvenes, los asesina, los encierra, les quita horas, días, años de su vida absolutamente irrecuperables; es un régimen débil y cobarde que intenta subsistir sembrando el terror. Los estudiantes, quienes lucharon contra la ignorancia, el hambre y la miseria que los agitaban, los que anunciaron el “venceremos” con los dedos en “V”. Ellos, los que fueron masacrados en Tlatelolco, preveían las golpizas, las detenciones masivas, estaban preparados —más o menos— para la cárcel, pero nunca previeron la muerte como consecuencia de sus protestas.

El Estado por muchos años intentó hacer creer que esto no sucedió, que además no había responsabilidad para el gobierno ni la podía haber. Entonces, ¿quién ordenó la tragedia del 68? ¿Quiénes fueron los culpables? ¿Quién sino el Estado? Con un aparato poderosísimo de represión y ejerciendo el control absoluto de los medios de comunicación, el gobierno priísta mató y encarceló a los estudiantes, justificando que tenía que “restablecer la paz y la tranquilidad pública”  y así logró cumplir con el compromiso Olímpico que el ex presidente López Mateos contrajo con fines exhibicionistas que no correspondían para nada a la realidad mexicana. Las Olimpiadas significaban una sangría económica para el pueblo, por más que se dijera lo contrario.

Era la primera ocasión que un país subdesarrollado recibía esta “oportunidad” y el Estado sabía que las protestas de los estudiantes “mancharían” la imagen de México ante el mundo.

La lucha estudiantil mexicana comenzó luego de la intervención de un grupo de policías en la vocacional seis. Pedir que sus escuelas fueran respetadas por la fuerza del Estado desembocó en que representantes estudiantiles de la UNAM y del Politécnico discutieran un movimiento de huelga hasta que se satisficieran sus demandas. Era importante para los estudiantes solidarizar al pueblo mexicano, llevando el mensaje a las calles en volantes, en pintas y en gritos.

Su pliego de peticiones consistía en la desaparición de los grupos de choque, la expulsión de los porros, indemnización a los estudiantes heridos y a los familiares muerto de la agresión del 26 de julio —conmemoración de la Revolución Cubana—, excarcelación de todos los presos políticos, desaparición del cuerpo de granaderos y que no hubiera la creación de cuerpos semejante, la derogación del artículo 145 del Código Penal —delito de disolución social—, destitución del general Luis Cueto Ramírez, así como del teniente coronel Armando Frías.

Los estudiantes estaban convencidos de que no había otro camino de solución que el diálogo público, pero el gobierno quería una plática de recámara, que el movimiento nunca aceptó para no permitir que se comprara o se corrompiera al movimiento.

El 2 de Octubre se convocó a un mitin en la Plaza de las Tres culturas. Apenas terminaba el primer orador, aparecieron las luce de bengala en el cielo. Militares y policías —éstos últimos vestidos de civiles con pañuelo blanco en la mano— accionaron sus armas de fuego en contra de los diez mil estudiantes, amas de casa, ferrocarrileros y niños que acudieron al mitin estudiantil.

La cobertura periodística del 2 de Octubre de 1968 y los días posteriores fue muy limitada en la prensa. Los comentaristas, fueron voces tolerantes contra los excesos del poder. La prensa de aquel tiempo decidió callar y ocultar las evidencias.

Conocimos la verdad con algunas fotografías clandestinas y los testimonios de estudiantes, de maestros, de los encarcelados en Lecumberri, de los empleados municipales que lavaron la sangre en la plaza de los sacrificios, de Octavio Paz quien renunció a la Embajada de México en la India porque no podía representar a un gobierno que asesina a su pueblo,  los de las familias de los desaparecidos y de los hijos a quienes el gobierno les arrebató su futuro. Es así como hemos logrado reconstruir aquella noche triste, para poder oír la otra parte: el movimiento estudiantil, la que no se televisó, para que no olvidemos el porqué de la represión, ni el rostro del represor.

En noviembre del año pasado, la Cámara de diputados legalizó el dos de octubre como día de luto nacional. Será este el primer año que la bandera mexicana lucirá a media asta para recordarnos el crimen de Estado que sigue impune.

Lejos de hacerse justicia a los estudiantes, los crímenes de Estado siguen vigentes. El terror lo sigue poniendo el gobierno; la sangre, el pueblo; cada vez que se levanta a exigir sus derechos.

¿Quién cobrará esta deuda de sangre? ¿Quién vengará a nuestros muertos?

Tlatelolco del  68, El halconazo del 71, Acteal del 97, el 14 de Junio en Oaxaca, Atenco de 2006, el hostigamiento militar a las comunidades zapatistas. Por cada crimen el Estado siembra en nosotros ese odio con amor revolucionario y nos llenamos de rabia para seguir ¡hasta la victoria siempre!

 

 

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