El engaño gubernamental y mediático

3 septiembre, 2012 § 1 comentario

Carmen Espino        

 La historia evidencia la traición de los gobiernos para con sus pueblos a través de políticas económicas, sociales y culturales que los aniquilan. El engaño es fundamental para que la sociedad acepte esa muerte progresiva. Para lograrlo se usan los medios de comunicación como aliados naturales.

Dentro de esas políticas se encuentra el neoliberalismo, que aún se vende en los países más dolidos como símbolo de progreso y desarrollo. En México, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, se celebró el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, para “fortalecer” económicamente al país y así dentro de poco poder formar parte de los países desarrollados. Lo que resultó un engaño. ¿Cómo podría ser el TLCAN la ruta para el progreso?, si representa una doctrina económica donde la victoria del fuerte es inapelable y se legitima la desaparición o sumisión del débil, globalizando así la pobreza, la desigualdad social, la explotación, el desempleo, la miseria. Dentro de este tratado, México: el subdesarrollado se estaba especializando para perder.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano -con justa razón- espeta: “cuando se van a tomar decisiones que afectan a más de una generación, que de alguna manera pueden hipotecar el destino de tus hijos o el de los hijos de tus hijos, eso tiene que ser plebiscitado. No puede ser decidido por un gobierno y chao.” Lo cual en la mayoría de los países resulta imposible si el gobierno y los grupos de poder, para no tener que consultar ni explicar el cáncer –porque sólo enriquece a esa minoría-, usan el aparato mediático para emborracharnos de fantasías y falsas promesas de bienestar, creando así un mundo virtual que favorece al monstruo capitalista.

Cuando ese mundo virtual choca con la realidad y comienza a asfixiarnos, entonces  emerge la digna rabia de los mineros, de los trabajadores, de los estudiantes; en los barrios, en las comunidades indígenas, en los sitios marginados; para luego convertirse en poderosos movimientos sociales, que se contagian en todos los países a consecuencia de la crisis.

Para el gobierno y la clase privilegiada explicar a la sociedad las razones del levantamiento zapatista, la primavera árabe, las manifestaciones de los estudiantes chilenos y mexicanos, los mineros españoles, representaría suicidar al capitalismo, sería terminar con sus privilegios, con ese negocio de unos cuantos acosta de todos. Sería reconocer que el problema es de fondo y no de forma, y que esta es la causa que los conmueve a luchar.

Por ende, las lecciones que nos ofrece la historia y el acontecer diario no llega a nuestros hogares a través de la televisión, la radio o el periódico, y si es inevitable transmitir los procesos sociales porque se convierten en noticias ruidosas, lo que sigue es tergiversar la información.  La prensa no debería ser el ejército de este sistema ladrón y asesino que nos rige, no debería enseñarnos a odiar a quienes luchan y a amar a quien nos oprime. No debería.

Sin embargo, el papel que deben cumplir los medios de comunicación es renegociado por los grupos hegemónicos, por eso la cotidianidad de los actores del canal de las estrellas se usa para encubrir las luchas sociales por miedo a la concientización y al efecto dominó.

Ante esto podemos asimilarnos, conformarnos con el “nada se puede hacer”, mientras seguimos siendo envenenados de imágenes y palabras que no expresan las noticias del mundo, sino de una forma de ver el mundo, sólo la forma del poder y el dinero, de cómo debe verse la vida. Podemos también  asumir una postura de escepticismo o incredulidad, ya que todo lo mediático es mentira y por ende nos es indiferente. O podemos construir lentamente, desde abajo, otra forma de dar a conocer lo que ocurre en el mundo de manera crítica y apegada a la realidad. Difundiendo la información de las luchas sociales, para que no mueran, formando un nudo de resistencia en contra del engaño gubernamental y mediático.

La televisión debería bombardearnos de lecciones críticas, como si estuviéramos estudiando historia, para que podamos analizar la información y aprender quiénes somos, qué es lo que queremos, cuáles son las consecuencias, lo que no debemos repetir, y así no sólo interpretar nuestro pasado y presente, sino transformarlo en un mundo justo, equitativo, libre, sin hambre, donde sea el pueblo el que se autodetermine. Protegiendo nuestro derecho a una información crítica y auténtica. Ejerciendo nuestra plena libertad.

 

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