La televisión es consumismo

5 diciembre, 2011 § Deja un comentario

Carmen Espino

 La televisión es la fuente más grande de ventas de las empresas nacionales y transnacionales, por ser un medio de rápida difusión, que a través de imágenes  y sonidos logra captar la atención de millones de consumidores. Por medio de los canales de televisión las sociedades industrializadas logran la perfecta manipulación del consumo de los mexicanos.

Diariamente, la también llamada “caja idiota” proyecta el catálogo comercial que mercadólogos, publicistas y diseñadores gráficos; han creado astutamente para inducirnos a comprar bajo la premisa “consumo, luego existo”

El poder de convencimiento que se tiene sobre los televidentes es sorprendente. Nos venden productos simples con eslogan o frases que pocas veces reflejan las características del producto: la “milagrosa” medalla del papa Juan Pablo II, para encontrar trabajo; desodorantes: para controlar la transpiración precoz; cerveza: para confesarte y olvidar; pastillas azules: para el apetito sexual; las bebidas energizantes: para tener alas; autos deportivos: para conquistar chicas; tenis “mágicos” para perder peso; la “fantástica” crema X: para ser joven otra vez; y a pesar de ser productos en su mayoría irrelevantes se convierten en lo más vendido gracias a crearles atributos extraordinarias o porque los recomiendan los artistas, el Santos o el futbolista de moda.

El televisor, es como un caballo de Troya, está lleno de soldados de la publicidad, de comercio, de guerras psicológica, engaños, trucos para inducir a comprar. Nos vende modas generalmente basadas en estilos de vida o costumbres europeas y/o norteamericanas, tratando así de homogeneizar el consumo crean el prototipo de “hombre universal” para dejar entrar llanamente al sistema cultural derivado del Estado neoliberal y la globalización.

Otro factor es el síndrome de la moda,  que es la dependencia de adquirir ropa y complementos del vestir que además de no ser necesarios y quebrantar nuestra economía, son objetos temporales —al mes desaparece la euforia de tenerlo o sale un nuevo producto de mejores cualidades—. Las  modificaciones en nuestra conducta para imitar arquetipos o modelos humanos encaminados a alcanzar la “belleza” nos lleva a gastar grandes sumas de dinero. La manipulación psicológica con el consumismo nos ha desarraigado de  nuestra cultura, historia y tradiciones. Nos ha convertido en alienados universales, sin conciencia; cuya máxima es emigrar hacia los grandes centros consumistas del imperio —Estados Unidos—.

Como refería el sociólogo y jurista español Salvador Giner “La victoria de la llamada sociedad de consumo ha sido absoluta. Ha conseguido todos y cada uno de los objetivos a que podía aspirar un demonio postmoderno. Ha conseguido que vivamos en ella y de ella plácidamente: está asumida. El consumo no es tan sólo el objetivo final de toda actividad económica. Va más allá de un ideal tan pedestre. Es el criterio de la desigualdad entre los hombres. La medida de la felicidad. El estilo de vida. La religión de todos. El consumo, no el hombre, es la medida de todas las cosas”.

Los mexicanos formamos parte de esa sociedad de consumo, donde fallidamente se intenta suplantar la felicidad por medio del consumismo.

Ropa, cortes de cabello, música, fútbol, deportes, creencias, modas, gustos consumistas, estereotipos de conducta social, son nivelados por igual en los mexicanos, por las trasnacionales que nos han convertido en un “gran mercado”.

 Lamentablemente la irracional acumulación de bienes la necesidad de gastar sin motivo aparente y de una manera compulsiva, se está convirtiendo en una obsesión no sólo de adultos y jóvenes, sino también de niños, quienes sienten una especial atracción por la publicidad —spots cortos que cuentan una historia completa y llena de colores en rápida sucesión produce para ellos un mayor impacto y facilita su atención—.

Dejar de ser parte de la sociedad de consumo implica ser crítico, eligiendo de manera responsable los productos o servicios que adquirimos, comprar basándonos en nuestras verdaderas necesidades,  independientemente de la publicidad y las ofertas que existan. Sólo así podemos abandonar el consumismo para ser una “sociedad de necesidades” protegiendo el ambiente y nuestra economía, evitando la explotación del hombre por el hombre, reduciendo la brecha entre las diferentes clases sociales y evitando las generaciones de “patria televisiva” construidas  sobre dos pilares básicos: individualismo y consumismo: se compra para aparentar y tener.

Ser espectadores responsables de los medios de comunicación no es tarea fácil, la televisión tiene una influencia tan grande que en ocasiones no alcanzamos a distinguir nuestras verdaderas necesidades, pues nos ha construido a imagen y semejanza de las trasnacionales y sus necesidades de mercado. Sin embargo debemos comenzar por servir de antídoto contra la dictadura de los medios de comunicación, ser críticos, luchar contra el fanatismo de cualquier signo, contra los dioses de la moda y del consumo indiscriminado. Las trasnacionales olvidan dos cosas: la huelga de consumo es la única gran insumisión que aún podemos practicar impunemente y que cuando los mexicanos se decidan, nadie les detendrá.

 

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