Granados Chapa: Quisiera ser recordado como un hombre que a través del periodismo ha intentado hacer el bien, difundirlo

1 noviembre, 2011 § Deja un comentario

Enjuiciado por Leñero en Los Periodistas, juicio compartido por Scherer
 

“El Excélsior de Scherer fue para Granados un paraíso del que nunca hubiera querido ser arrancado. Ahí llegó para jubilarse. Él tiene su historia, no contada, que arroja elementos a la ingenuidad maliciosa de don Julio, que, según Granados, contribuyó a generar la veta de la discordia interna que el presidente Echeverría aprovechó para asestar el golpe mortal”, señala Silvia Cherem en el libro Sigo Vivo, (del que se toman algunos fragmentos); escrito a base de entrevistas con Miguel Ángel Granados Chapa, periodista hidalguense que nació en Pachuca el 10 de marzo de 1941 y murió el 16 de octubre del 2011, en el Distrito Federal.

 

Quisiera ser recordado como un hombre que a través del periodismo “ha intentado hacer el bien, difundirlo”. Pero el gremio lo reconoce por mucho más que eso: baluarte de la libertad de expresión, protector de periodistas, defensor de los derechos humanos, persecutor de políticos corruptos, delator del fascismo y de la derecha religiosa, y quien más conoce en México del funcionamiento del poder político, del comportamiento presidencial y de los manejos de la corte.

La fractura interna (en Excélsior)

Seis meses antes del golpe a Excélsior, con precisión el 31 de diciembre de 1975, Granados Chapa buscó a Julio Scherer al terminar la Asamblea de la Cooperativa de Excélsior y al ver el resultado, muy dolido, le dijo con palabras que recuerda fidelísimamente: “Acaba usted de cometer un gran error apoyando a Regino (Díaz Redondo). Más temprano que tarde se va usted a dar cuenta quiénes son sus amigos. Usted está propiciando con esto la derrota del periódico, lo van a echar, más pronto que tarde lo van a echar. Cuando eso ocurra, yo me iré con usted, pero al llegar a la puerta le preguntaré para dónde va. Si me dice que va para Donato Guerra yo me iré para Bucareli, si me dice que para Bucareli, yo voy a irme para Donato Guerra, porque estaré con usted todo el tiempo hasta que salgamos de aquí”.

Parecen palabras lapidarias. Hacían alusión al golpe y a la ruptura. En la puerta de Excélsior uno podía irse para esos dos lados: Donato Guerra y Bucareli, y Granados dejó clara su sentencia:“Ni me voy a quedar, ni voy a seguir con usted”, como finalmente sucedió tras su posterior salidade Proceso, que Vicente Leñero le recriminó en Los Periodistas. Una dureza de la que Leñero seexculpó ahora, casi 40 años después en el homenaje a Granados Chapa en la UNAM, donde dijopúblicamente: “Fui injusto. No supe entender su búsqueda. No respete su decisión. No logrévalorar lo que había sido como líder de muchos en Excélsior y en Proceso”.

¿Qué pasó por la mente de Granados Chapa? Nunca lo reveló, sólo ahora. “Julio había jugado con fuego alimentando la idea de que yo, el Licenciado como me apodaba, y Regino Díaz Redondo podíamos ser sus sucesores, y propició la rivalidad. Le he dicho que tiene una fascinación por el mal, los malos le gustan. Fue educado como católico ferviente, y aprendió a distinguir el bien y el mal, a evitar el mal, pero es un infractor. No practica el mal porque es un hombre bueno, pero lo hipnotiza. Regino era el mal, desde todo punto de vista. Cuando hablábamos en privado y me decía: ‘sólo Regino o usted’, yo le respondía: me ofende su comparación. Es como si el presidente Echeverría le dice que los periódicos que más le gustan son Heraldo y Excélsior porque respeta a sus directores. Usted no es igual que Gabriel Alarcón. Yo no soy igual que Regino. Vea

usted quienes son los amigos de Regino y quiénes son los míos, y mídanos por eso. Los amigos de Regino dentro de la Cooperativa eran la bazofia, los míos eran lo mejorcito. Yo valía en Excélsior por mis amigos, lo mejor del periódico estaba contra Regino. Julio se reía. Eso era una prueba clara de quién era quién. Y sin embargo le hacía favor tras favor para agrandarlo”.

El último día de diciembre de 1975, la Cooperativa celebraba su asamblea anual y ahí se elegía a los dirigentes. Veinte cargos a escoger cada año. “En los últimos dos años nos enfrentamos las dos corrientes, Julio se mantenía al margen. Mi grupo ganaba terreno. Regino debe haberle pedido apoyo a Julio y, para empujarlo, éste último entró a la Asamblea del brazo de Regino. La Cooperativa era muy priista, sabía leer las señales, al entrar del brazo del director entendieron que el favorito en ese momento era Regino y él gano la elección. Desde ese momento supe que el control de la Cooperativa quedaba en manos de Regino y que el tiempo lo teníamos contado. Echeverría sabía quién podía ayudarle a echar a Julio, y lo aprovechó. El propio Julio se puso la soga al cuello: le ofreció a Echeverría en charola al cómplice interno que requería”.

Esa noche del 31 de diciembre de 1975 en que Granados confrontó a Scherer, Julio le respondió que estaba equivocado: “Usted elige malos candidatos, Licenciado”, le dijo en alusión a Samuel del Villar. “Regino me es fiel a muerte”. Para probarlo, le contó a Granados una anécdota.

Dijo que una noche Regino estaba con su hijo en el Cine Paseo, ya derruido, casi enfrente de Excélsior, y que al ver la luz de su despacho prendida, como a las 11 de la noche, le dijo a su pequeño: “Ésa es la luz del despacho de Julio Scherer, deseo que cuando tú vengas al cine con tu hijo, puedas mostrarle la luz del despacho de Julio Scherer”. “‘¿Usted cree que me podría decir eso si no lo sintiera?’, me preguntó Julio. Por supuesto que se lo puede decir: es un adulador, le respondí. De ese tamaño era su ceguera frente a Regino. El hecho mismo de contárselo era de mal gusto, un engaño que él no percibía”.

Por eso Granados Chapa asegura que Scherer “se cegó”: “No se daba cuenta, flotaba en el aire”. Estaba muy consciente de la importancia que iba cobrando el periódico, y como decía Samuel del Villar, ‘robaleaba’, nadaba aprovechando la corriente, pero en 1973 dejó de tener contacto con la Cooperativa, que antes controló. “Como el periódico se iba volviendo más incluyente, más presente en América Latina, la Cooperativa le quedó chica y se desentendió. Dejó de escuchar al grupo y dejó que las fuerzas se expresaran por sí mismas. Se olvidó de que su posibilidad de hacer el gran periódico que iba haciendo, nacía del poder que debía mantener en la Cooperativa. Le entregó esa confianza a Regino Díaz Redondo creyendo ingenuamente en él”. La ceguera de Julio con Regino era tal, señala Granados, que una hija de Julio se llama Regina, por Regino. “Regino fue un protegido de Julio, desde siempre. Era muy mal reportero, era un hombre tonto, corrupto, drogadicto desde entonces y en consecuencia muy distraído porque tenía que estar buscando dinero para la droga. Y Julio le perdonaba todo…

Granados Chapa y Julio Scherer salieron juntos de Excélsior. Se fueron juntísimos, hacia Donato Guerra, porque ahí estaban estacionados sus coches. Quedó para la historia una fotografía emblemática en la que Granados Chapa, de 35 años, levanta el puño en el umbral de Reforma # 18, sede de Excélsior, en defensa de la libertad de expresión (Foto de la pagina 1). Se fueron sin nada, se fueron enteros. “No teníamos a dónde ir. Mi hija más chiquita tenía tres años. La madre de mis hijos con quien mantengo una relación amistosa muy grata, el día que nos echaron, que ni siquiera cobramos el salario semanal porque nos echaron un jueves, me dijo: ‘No te preocupes, tenemos ahorros’. Yo ni sabía. Duraron como tres meses”.

Granados hubiera podido quedarse, gente cercana a Regino trató de cooptarlo, sin embargo pesaron los principios. “En la Asamblea que nos expulsó, había volantes de un sector de los opositores a Julio, un sector de reginistas, que me pedían que yo me quedara. Decían que conmigo no era el pleito. Sin embargo, para mí era impensable permanecer con ellos. Siempre he pensado qué hubiera dicho mi madre aquel 9 de julio en la mañana, cuando me llamó para condolerse por mi salida, si le hubiera dicho: ‘Yo me quedé’”.

En aquella reunión abierta del 19 de julio reunieron dos millones de pesos de acciones, propiedad de 2 mil 500 personas, y luego una semana después llegó Jorge Alvarez del Castillo de El Informador de Guadalajara con un cheque de un millón de pesos, por solidaridad, aunque no necesariamente compartía la línea del grupo. El mitin fue abierto: “no establecimos aduana porque queríamos esparcir la información. Debe de haber habido muchos policías”.

Tres semanas antes de que Echeverría dejara la presidencia, nació Proceso el 6 de noviembre de 1976. El papel lo consiguieron subrepticiamente con un gesto personal de Alberto Peniche de El Heraldo, y Fernando Canales del Novedades, amigos de Hero Rodríguez del Toro. En aquellos meses había un clima político espeso, había una sensación de intranquilidad social muy acentuada, mucha gente se estaba yendo de México, varios empresarios textileros habían sido extorsionados por los servicios secretos del gobierno de la ciudad. Se rumoraba que habría un cuartelazo.

Confiesa Granados que Echeverría los amenazó de muerte a través de Francisco Javier Alejo, nuevo secretario del Patrimonio Nacional. “Alejo era un joven economista, muy echado para adelante, presuntuoso. Nos invitó en octubre de 1976 a desayunar a Scherer y a mí a su casa, en la colonia Florida para prevenirnos del trato que le fuéramos a dar en Proceso al presidente Echeverría. ‘Les quiero advertir que el prestigio del jefe del Estado se vuelve un asunto de Seguridad Nacional y si ustedes lastiman el prestigio del jefe del Estado, es legítimo hacer todo’. Lo increpé: Oye, Javier, ¿qué quieres decir, nos van a matar? ‘Por la Seguridad Nacional que se mueran una o dos personas no es un obstáculo’. Te das cuenta que si nos matas a uno o dos, habrá tres o cuatro, hasta catorce personas que nos sustituyan. ‘Todo eso se allanaría por la Seguridad Nacional’. Julio no hablaba, no creía lo que estaba pasando. Seguí: Ustedes deben ser los más cuidadosos de la integridad de Julio, si salimos de aquí y lo atropella un coche por accidente, nadie lo va a creer aunque así fuera. Todo el mundo les va a imputar ese accidente a ustedes, tendrán que pagar un alto costo político y será inútil porque siempre habrá alguien que reemplace al que ustedes maten. ‘Simplemente quiero advertirles que están en ese riesgo’, replicó Alejo. Así de clara y directa fue su advertencia: nos amenazó de muerte. Salimos furiosos, envalentonados. Julio finalmente habló: ‘¡Que chinguen a su madre!’”.

La amenaza, sin embargo, los ablandó. La portada del primer número de Proceso era el rostro de Echeverría con una denuncia: “El golpista”. “Nos temblaron las corvas y pusimos sólo letreros, quitamos la foto”, dice. Granados escribió la editorial: “Este semanario nace de la contradicción entre el afán de someter a los escritores públicos y la decisión de éstos de ejercer su libertad, su dignidad”…

Entre Scherer y Granados Chapa no tardaron en aflorar las rasposas diferencias. Los primeros diez números, tuvieron un editorial sin firma que Granados escribía. “A veces los veía Julio, a veces no. Julio seguía muy maltrecho. No era un director ausente, pero no estaba plenamente asentado como director. El semanario le quedaba chico, era un semanario pobre y Julio había quedado reducido a una condición muy menor respecto de aquel pasado. Durante diez números no hubo problema, hasta que me llamó porque no le gustó una editorial sin firma. No sé si fue el tema, o el enfoque…”

Julio sugirió que Granados le enseñara los editoriales antes de la impresión. “Yo no quise, no lo hacía ni en Excélsior”. Recuerda dos equívocos en Excélsior, que no incitaron a Julio a revisarle el trabajo a Miguel Ángel. Uno: “Un día nos encontramos en el pasillo. Me dijo: ‘ya vio usted lo de Bracamontes’, era el secretario de Obras Públicas. Le dije: Sí. ‘¿Editorialazo, no?’. Editorialazo, respondí. Fue su manera de darme instrucciones. La información de Bracamontes generó una reacción diferente en él que en mí. Yo escribí en contra de Bracamontes, y a él le había gustado lo que aquel personaje había hecho o dicho. Al día siguiente, su respuesta sólo fue: ‘¿Oiga Licenciado, cómo se le ocurre?’. Él me había dicho: ‘editorialazo’, nunca dijo si a favor o en contra”.

Otro día fue peor. En ejercicio de sus artes de seductor, el profesor Carlos Hank González, “una víbora de cascabel”, invitó a Julio a festejar su cumpleaños por sorpresa. Se puso de acuerdo con doña Susana, la esposa de Julio, y organizaron una fiesta en Santiago Tianquistenco, en la casa del Profesor. “Invitó a los mejores amigos de Julio, con sus vinos favoritos, sus platos favoritos, su música favorita, y hasta mandó bordar las sábanas con las iniciales de Julio. En la tarde no vino al periódico y, si hubiera venido, hubiera sido como siempre, no se hubiera enterado del contenido de la página editorial. Justamente ese día, algo había hecho Hank como gobernador del Estado de México y yo escribí una editorial contra él”. A la mañana siguiente, la fiesta continuó en el desayuno, leyeron Excélsior con el director del periódico presente. La sorpresa fue encontrarse con la editorial que señalaba lo dispendioso que era Hank. “Había quien desconfiaba de Scherer creyendo que era dual, yo estoy seguro que a partir de ese momento Hank creyó que era un tal por cual Julio. Si le hubiéramos explicado lo que pasaba no lo hubiera creído, ¿cómo iba a ser posible que el director no supiera lo que se iba a publicar en su diario? Julio sabía que yo no tenía idea de la fiesta. A la mañana siguiente me explicó entre apenado y dolido que pasó un mal rato terrible. No hubo reproche, sabía que no fue una trastada mía”.

Por eso, Miguel Ángel no entendía por qué ahora, en Proceso, Julio le exigía revisar su trabajo. Llegaron al acuerdo que Granados Chapa firmaría esa columna y tendría nombre: “Interés Público”. “Lo propio era que fuera la editorial de la revista, pero como no quise someterla al escrutinio de Julio, decidí convertirla en un texto mío”.

Meses después, a los diez meses de Proceso, Granados Chapa renunció. Se dice que fue

porque le pesó la sombra de Julio, la realidad es otra. “Cronológicamente, profesionalmente, humanamente hay una dimensión de Julio con la yo nunca me he sentido en situación de contender. Como periodista y figura pública es incomparable a mí. Nunca tuve pretensión de igualdad como tenía Manuel Becerra Acosta, que por eso se enemistaron. A mí lo que no me gustó fue su forma de actuar en lo político y por eso renuncié”.

La historia de su salida, que explica “la forma de Scherer de actuar en lo político”, casi no se conoce. El 1 de diciembre de 1977, López Portillo, para mostrar independencia de Echeverría, nombró como secretario de Gobernación a Jesús Reyes Heroles, gran amigo de Scherer, de Granados Chapa que había sido su alumno en la Facultad de Derecho, y de Miguel López Azuara que es tuxpeño, como él. Al grupo de Proceso “le ganaba el gusto”.

Comenzaron las reuniones con Reyes Heroles porque tenía instrucciones del presidente de “resolver” el asunto de Excélsior. “Pensamos: fundemos un periódico nuevo, que el gobierno nos ayude con un crédito blando de Nacional Financiera”. Samuel del Villar y Granados se pusieron a calcular lo necesario para un periódico del tamaño de Excélsior. “Hicimos un proyecto desmesurado, cuando se lo presentamos a Reyes Heroles literalmente casi se cae de la silla. Don Chucho era muy codo en la vida personal, y muy celoso manejador del dinero público. Consideró que el proyecto era torpe y abusivo. No había mala fe, pero era excesivo. Dijo: ‘Esto es imposible’”. Lo que no sabían es que paralelamente, Manuel Becerra Acosta estaba haciendo lo mismo y había presentado un proyecto diez veces menor que el suyo. Mucho más realista, no implicaba ni la construcción de un edificio ni la compra de un taller. Unomásuno se maquiló durante mucho tiempo. Le prestaron dinero y así nació.

Reyes Heroles, que tenía un compromiso político, insistió en otra alternativa. “Ni siquiera pidió: ‘rebájenle’, ‘ajústenlo’. Dijo con claridad: ‘Esto no va, es imposible’. Nosotros estábamos con la idea de sustituir a Excélsior, tener de la noche a la mañana un periódico de ese tamaño, con sus 40 años desde su fundación. Ingenuamente nos convencíamos que era posible”. Reyes Heroles, en mayo de 1977, en una reunión en su despacho, les ofreció devolverles Excélsior. Estaban presentes: Julio Scherer, Samuel del Villar, Miguel López Azuara, Vicente Leñero y Granados Chapa. “Yo me opuse”, puntualiza Granados. “Me parecía absurdo admitir que por un acto arbitrario del gobierno nos echen y por otro acto arbitrario del gobierno nos lo devuelvan. Estaríamos dependientes de la voluntad gubernamental, a pesar de que fuera lo nuestro. Se crearon dos corrientes: una encabezada por Julio ansioso de volver y otra en la que yo figuraba en que nos negamos a volver”.

Se llevó a cabo una asamblea de la gente de Proceso. Se votó y quedaron empatados: 17 querían volver y 17 no. Aplazaron una segunda votación para otro día. “Julio hizo proselitismo, yo ni siquiera quise ver quién votaba. Cerré los ojos, voltee la cara. Julio en cambio estuvo atento y empezó a llamar a los que votaban por ‘no volver’ y los convenció. Es persuasivísimo. A la siguiente semana que ganó, me di cuenta que yo ya no tenía necesidad de quedarme. Como en el cuento de Arreola ‘Una reputación’, me di cuenta que perdí mi reputación, ya me podía ir, ya nadie estaba en mis manos confiándose a lo que yo hiciera”.

¿Y por qué jamás les regresaron el periódico? “Porque íbamos de torpeza en torpeza. Teníamos mucha amistad con Alan Riding que era el corresponsal del New York Times, y su mujer Marlise Simons que era la corresponsal del Washington Post. Julio le contó a Alan en presencia nuestra que estábamos por volver, que teníamos el ofrecimiento de Reyes Heroles y que se iba a poner en práctica”. A Alan nadie le advirtió que eso fuera reservado e hizo una nota. Excélsior tenía el servicio del New York Times, le llegó a Regino, y la publicó en primera plana, haciendo que se abortara la

maniobra. Se reveló que el gobierno “estaba conspirando” contra ese periódico. “Regino fue un zorro. Reyes Heroles le dijo a Scherer frente a mí: ‘Son ustedes unos pendejos’. Y ciertamente así fue”.

La noche de la votación en mayo de 1977, Granados le comunicó a Julio que se iba, y una semana después se marchó, aún le dio tiempo de estar presente en la conversación con Alan Riding y en la respuesta de Reyes Heroles. “Recordé lo que le había dicho a Scherer el 31 de diciembre de 1975: si usted se va para un lado, yo me iré para el otro. Scherer había actuado tan erróneamente frente a Regino, que yo no quería saber de él. Estuve mientras fue necesario estar, mientras hubo una lucha que emprender. Admiré y admiro su condición de gran periodista, pero detesté y padecí su torpeza política, su desidia con la Cooperativa y luego su insensibilidad aceptando que el gobierno nos regresara el periódico. Como dicen, no hay héroes para los ayudas de cámara porque nadie puede ser héroe 24 horas al día. Además, con despecho personal, sentí que me arruinó mi vida. Yo me veía jubilado de Excélsior y por causas ajenas a mi voluntad mi proyecto de vida tronaba. En vez de estar jubilado, estaba yo en la calle”.

El grupo de Proceso vio con resentimiento su salida, no entendió, y tuvo que pasar muchos años para que Granados Chapa y Julio Scherer, que apenas recientemente se hablan de tú, pusieran las cuentas en paz. “La cabra tira al monte, teníamos ganas de vernos, sobre todo cuando ya pasó el juicio acervo de Leñero contra mí, que Julio compartía”.

¿Scherer te llegó a hacer alguna confesión al estilo de la disculpa pública que recientemente te hizo Leñero? “No lo puedo decir porque es parte de la intimidad… Pero sí. Me pidió perdón, ‘Usted tenía razón siempre’. Fue hace como diez años, nos vimos para hablar y lo hizo con una gran nobleza. Hubo un sinceramiento donde yo le expuse mis despechos y él sus culpas. Ahora en grupo siempre dice: ‘No saben cuánto quiero a este hombre, cuánto le debo’”…

La vida tiene fin

Miguel Ángel siempre fue sano y, por lo mismo, desidioso de ir al médico. Hubo señales de la enfermedad. No sólo en él, dos de sus hermanos, Horacio y Emelia, tenían cáncer de colon y ni eso lo mandó al médico. En julio de 2007 una sobrina iridióloga le vio los ojos: “tienes anemia”. Él no lo creyó. Para diciembre el diagnóstico era claro, el mismo que el de sus hermanos. Seis meses después, a mediados de 2008, atendido por el doctor Zinzer, comenzaron las radiaciones y la quimioterapia. “Lo tomé con cierta decepción, no me quería morir y asumí conductas infantiles. Por ejemplo: dejé de pagar impuestos. Si ya me iba a morir, ¿para qué pagar? Pensé: si no me muero, pagaré con gusto los recargos. Así los estoy pagando”.

En noviembre de 2008 padeció la peor crisis, perdió 22 kilos, pesaba 48. Fue hospitalizado, completamente reseco y, por vez primera, se sintió en la antesala de la muerte. Su hermana Emelia, que trabajaba con él, acababa de morir: parecía que ya había librado el cáncer, pero como él, se secó.

¿Tuviste miedo? “Al principio no, lo tomé con tranquilidad, con cierta decepción, pero al ver morir a Emelia, y entrar yo al hospital un mes después, el 4 de noviembre, igualmente reseco, estaba cierto que iba a morir. Sentí los pasos de la muerte.”

A Miguel Ángel no le gusta hablar de la enfermedad. A sus hijos y a Shulamit (su esposa) les pidió que no hicieran de eso un tema de conversación. “No quiero estar hablando de mí y de mis males. Me choca ese tipo de personas que se la pasan quejándose. La enfermedad es evidente, pero no la difundo.”…

Sin embargo, se maneja con la lógica del alcohólico anónimo: “día a día”. Vive intensamente, se mantiene trabajando y, cuando piensa en su muerte, quiere que sea como la de Emelia. “Mis dos hermanas vivían juntas, eran solteras, Elbecia y Emelia. Todos los viernes encendían la radio a las 8:30 AM, para escuchar mi programa. Ese viernes 3 de octubre de 2008, Elbecia la prendió junto a la cama de Emelia. Estaba ya muerta, no escuchó el programa. Ya no me oyó. Así dormido quisiera yo decir adiós”…

“Cuando en 1994, murió Arturo Herrera mi más cercano amigo, llegaron mis tres hijos al sepelio a Pachuca sin que yo se los pidiera, y Luis Fernando que es muy alto me acogió en sus brazos, me convertí en el hijo de mi hijo, me cobijó y fue una de las sensaciones más hermosas de mi vida”.

La enfermedad ha sido una oportunidad para seguir asumiendo la vida con humor. Con sus hijos bromea recordando a Renato Leduc, un periodista muy relevante, que llegó a la vejez sin ningún patrimonio: tenía que escribir, si no, no comía. “Llegó un momento que escribía cosas terribles, perdió la cordura y la sensatez, escribía sin la mínima articulación y defendía a personajes como La Quina en textos pésimamente escritos. Un día les dije que Patricia Leduc, la hija, hizo muy mal en dejarlo seguir. Les anticipé: cuando ustedes adviertan que me pase algo semejante, que escriba yo tonterías, me lo dicen de frente. Respondieron: ‘Pues ya nos tardamos papá, desde la semana pasada debimos haberte amarrado las manos’”.

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