Tlatelolco 68: Masacre de estudiantes y el silencio de los medios

2 octubre, 2011 § Deja un comentario

Carmen Espino

 En otoño del 68, el opresor de Gustavo Díaz Ordaz manchó de sangre la plaza de las Tres Culturas. Jamás se olvidará la barbarie, el primitivismo, el odio y los más siniestros impulsos que el gobierno cometió en contra de su pueblo el 2 de Octubre. En vísperas de las Juegos Olímpicos —con sede en México— un movimiento se gestaba: “No queremos olimpiadas, queremos revolución”, era la manifestación de los estudiantes.

Los estudiantes emprendieron una batalla cívica desde sus escuelas. La Universidad se llenó de carteles que criticaban la represión que se vivían en México y junto a imágenes del Che Guevara se vociferaban los seis puntos del pliego petitorio: libertad a los presos políticos; destitución del general Luis Cueto Ramírez, así como del teniente coronel Armando Frías; extinción del cuerpo de granaderos, quienes eran el instrumento directo de la represión y, además que no hubiera la creación de cuerpos semejantes; derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal Federal —delito de disolución social—, instrumentos jurídicos de la agresión; indemnización a las familias de los muertos y a los heridos que fueron víctimas de la agresión del 26 de julio mientras se conmemoraban el día de la Revolución Cubana; deslinde de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo por parte de las autoridades a través de policía, granaderos y ejército.

Con el “Únete pueblo” el movimiento ganó las calles, la marcha en silencio del 13 de Septiembre dejó ver la solidaridad del pueblo mexicano y la naturaleza pacífica de los estudiantes. Sin embargo, la represión iba creciendo, cada vez eran más los estudiantes desaparecidos o detenidos por policías. El 18 de Septiembre el ejército ocupa la Universidad, el gobierno se justificó su actuación declarando que el movimiento estudiantil era parte de una conspiración “comunista” y extranjera.

El 2 de Octubre se convoca a un mitin en la Plaza de las Tres culturas. Apenas termina el primer orador, aparecen las luce de bengala en el cielo, autorizando el asesinato de estudiantes en pro del “orden público”. Militares y policías —éstos últimos vestidos de civiles con pañuelo blanco en la mano— accionaron sus armas de fuego en contra de los diez mil estudiantes, amas de casa, ferrocarrileros y niños que acudieron al mitin estudiantil para seguir exigiendo la libertad de los presos políticos y el cese a la ocupación militar de la Universidad.

Los estudiantes eran la nota disidente, la mancha que estropeaba las olimpiadas. El gobierno acabó con el movimiento estudiantil dejando miles de heridos, la muerte de más de 300 inocentes, de estudiantes, de obreros, de niños, de pueblo. Pero nada de esto consta en actas, los familiares fueron obligados a certificar otras causas de defunción para poder recuperar los cuerpos. Los sobrevivientes poblaron las cárceles de Lecumberri y Santa Marta Acatitla, torturados para que aceptaran haber iniciado el fuego. Al día siguiente de la matanza los empleados municipales lavaron la sangre en la Plaza de los Sacrificios.

El gobierno intentó ocultar el número de víctimas, la censura se volvió férrea. Se dedicaron a crear confusión como estrategia de desinformación en los días que siguieron a la masacre.

La cobertura periodística del 2 de Octubre de 1968 y los días posteriores fue muy limitada en los medios. Los comentaristas fueron voces tolerantes contra los excesos del poder. Los medios no investigaron las causas de la masacre, no les interesó decir el número real de muertos en la Plaza de las Tres Culturas. Los editores callaron.

Tal y como en el sentido poema “el memorial de Tlatelolco” de Rosario Castellanos: La plaza amaneció barrida; los periódicosdieron como noticia principalel estado del tiempo.Y en la televisión, en la radio, en el cineno hubo ningún cambio de programa,ningún anuncio intercalado ni unminuto de silencio en el banquete.

El 3 de octubre fueron pocos los espacios para el luto. La prensa maquilló la noticia, dejando como evidencia en El Universal: “Tlatelolco, campo de batalla”, El Heraldo de México: “Sangriento encuentro en Tlatelolco”, Novedades: “Balacera entre francotiradores y el ejército, en Ciudad Tlatelolco”, El Día: “Muertos y heridos en grave choque con el ejército en Tlatelolco”, El Sol de México: “Responden con violencia al cordial llamado del Estado. El gobierno abrió las puertas del diálogo” y por último Excélsior: “Recio combate al dispersar el ejército un mitin de huelguistas. 20 Muertos, 75 Heridos, 400 Presos”. El dirigente de la operación, general José Hernández Toledo, quien recibió un balazo en el tórax fue presentado como prueba de la agresión estudiantil: “Creo que si se quería derramamiento de sangre ya es más que suficiente con la que yo ya he derramado”, declara el general.

El periodismo de México en el 68 recibió desde las calles una sanción clara e inequívoca: “¡Prensa vendida!”. Además que la mayor parte de los dueños de los medios de comunicación —O’Farril y los García Valseca, los Azcárraga y los Alarcón—, se volcaron en aplaudir la “mano dura” y la “respuesta ejemplar” del presidente.

Para que el autoritarismo de Díaz Ordaz y de otros mandatarios priístas funcionara por más siete décadas, requirió de la complicidad y la obediencia de los dueños de los medios de comunicación. Para lograrlo, el gobierno cultivó la corrupción de periodistas. Si estos no aceptaban la corrupción, se recurría a la intimidación, a la amenaza, a la censura, o la asfixia económica, se hacían presentes. Es por eso que los periódicos fueron generosos con las múltiples voces del conservadurismo, pero la voz del pueblo ha sido más fuerte y se ha encargado de aclarar y señalar los culpables por eso el ¡2 de Octubre, no se olvida!

Si se mataron cientos de estudiantes para que hubiera Juegos Olímpicos, mejor hubiera sido que no se realizaran, ya que ninguna Olimpiada, ni todas juntas, valen la vida de un estudiante. La historia jamás perdonará al gobierno autoritario de Díaz Ordaz ni la masacre de estudiantes porque se siembra en nosotros ese sentimiento del odio con amor revolucionario.

 

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