Sobre Proceso, Julio Scherer y sus críticos

1 octubre, 2010 § Deja un comentario

Por: Luis Felipe Rodríguez

La revista Proceso surgió el 6 de noviembre de 1976, a partir de la conjunción de un grupo de periodistas e intelectuales que bajo la batuta de Julio Scherer se integraron a un proyecto independiente y colectivo en la década de los setenta a partir de la represión gubernamental que sufrió el  diario Excélsior en tiempos de Luis Echeverría Álvarez. En aquellos años Excélsior era considerado el diario más influyente de México, conducido por Julio Scherer Excélsior se convertiría en una verdadera isla de generación de información veraz, crítica y objetiva del acontecer nacional, en un mar de publicaciones sumisas al poder. En Excélsior se había aglutinado lo mejor de la clase pensante del país, personajes implacables e incorruptibles ofrecían generosamente a sus lectores sus opiniones críticas, sin concesiones al poder ni a los grupos oligárquicos. Muy pronto su postura llego a incomodar a las elites políticas, las cuales no concebían que se pudiera hacer buen periodismo fuera de sus tentáculos.

Estamos hablando de un período en nuestro país que algunos teóricos como Susan Kauffman llegaron a definir como un régimen semi-autoritario, otros más irónicos como Octavio Paz lo denominaron la etapa del “ogro filantrópico”, o bien la etapa de la “dictadura perfecta” según Vargas Llosa; donde los controles a los medios de comunicación por el poder público eran casi absolutos. En ese contexto surge el llamado “golpe a Excélsior” por Luis Echeverría, traduciéndose en la salida de la mayoría de los periodistas que laboraban para el diario, con el fin de crear otras alternativas periodísticas fuera de la órbita gubernamental. Algunos fundaron el otrora excelente diario Uno más Uno, y otros optaron por la creación de la Revista Proceso bajo la batuta de don Julio Scherer, el cual dirigió la revista por varias décadas. Actualmente don Julio es el Presidente del Consejo de Administración, Vicente Leñero el Subdirector, Enrique Maza el Tesorero, y Rafael Rodríguez Castañeda es el Director.

A lo largo de casi cuatro décadas, en las páginas de Proceso han desfilado un gran número de intelectuales, caricaturistas, escritores y periodistas que han alimentado con sus reportajes, artículos, entrevistas, reseñas y otros géneros periodísticos la necesidad de información y recreación cultural de la ciudadanía. Son memorables las colaboraciones de Gabriel García Márquez, José Saramago, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, etcétera; al igual las aportaciones de los agudos e irreverentes moneros como Naranjo, Rius, Magú, Helguera, Hernández, Fontanarrosa, Rocha, etcétera. Proceso ha mantenido y acrecentado con el tiempo su plantilla de periodistas, destacando en su sección de análisis las colaboraciones de Miguel Ángel Granados Chapa, Denisse Dresser, John Ackerman, Enrique Semo, Jesús Cantú, Florence Toussaint, Ernesto Villanueva, Jorge Volpi, etcétera. Recordemos que el periodista lagunero Antonio Jáquez fallecido hace algunos años, se desempeñó con bastante éxito como corresponsal de Proceso en Monterrey, y posteriormente fue ascendido a asesor de la dirección, hasta su deceso.

Desde sus orígenes, ha sido una tentación permanente para el poder y para los grupos fácticos del país acallar por las buenas o por las malas a Proceso. Con escasa publicidad oficial Proceso ha sobrevivido cerca de cuatro décadas gracias a sus fieles lectores. Son memorables las palabras de José López Portillo cuando dijo que “yo no pago para que me peguen”, refiriéndose al retiro de la publicidad gubernamental a Proceso. A pesar de la alternancia, a pesar de la llamada transición a la democracia, a pesar de las luchas por la democracia emprendidas por los diversos  movimientos sociales en diferentes épocas y condiciones, a pesar de la pregonada libertad de expresión que vivimos, estamos aún entrampados en un laberinto cuya aparente salida única parece ser el retorno al autoritarismo y a la represión.

Es inconcebible para el poder y para los grupos fácticos la existencia de medios de comunicación críticos. Para ellos el mejor periodismo es aquel que mejor adule y mejor satisfaga los requerimientos del sistema. Ocultar las trapacerías del poder y los negocios emprendidos entre los poderes fácticos y el estado, parecen ser las premisas del “buen periodismo”. El maridaje entre el poder público y los principales medios masivos de comunicación se acentuó aún más con el ascenso del “señor de las botas”, continuado y agudizado por la debilidad y falta de legitimidad del gobierno de Calderón. El ascenso de los “opinadores” y “levanta cejas” nacionales con careta de periodistas serios y sensatos inunda permanentemente las pantallas del duopolio televisivo, y de los principales medios impresos nacionales. Unidos bajo la consigna en turno se abalanzan a la menor provocación sobre todo aquel que ose cuestionar las estrategias calderonistas.

Los vemos histéricos quemando en leña verde a don Julio Scherer y a Proceso por darle cobertura objetiva y crítica a la absurda y fallida guerra contra el narco, que tantas muertes inocentes ha desencadenado en el país. Los epígonos del calderonismo una y otra vez continúan pregonando que don Julio se convirtió en un cómplice del narco al entrevistarse con el Mayo Zambada, que Proceso se ha convertido en una caja de resonancia del crimen organizado. Los escuchamos  minimizando el número de muertos, comparando groseramente y sin pudor los índices de criminalidad de otros países en relación al nuestro, donde según ellos en México no pasa nada, son unos cuantos muertitos, son daños colaterales por el bien de la patria. Sin embargo Proceso se mantiene en su línea editorial de información veraz, crítica y objetiva de la realidad nacional. Y por supuesto que uno de los temas fundamentales que han marcado la vida nacional en los años recientes son las andanzas del crimen organizado y la proclamada guerra en su contra por parte del gobierno.

Wilhem Reich en su célebre texto “La psicología de masas en el fascismo”, ya  nos daba cuenta del uso político del miedo  como mecanismo de control y de legitimación autoritaria. Reich nos señalaba las causas por las cuales la población alemana apoyó al régimen fascista, y lo sintetizaba en dos conceptos: “el miedo y la fantasía”, el temor y la irracionalidad inconsciente de la población, internalizado gracias a la eficacia de las campañas mediáticas nazis. Reich nos dice: “Hitler revela la fuerza social de la fantasía”. Es decir el manejo político-psicológico de la irracionalidad de la población, el uso de los “mitos movilizadores” del nacionalismo y socialismo evidentes en “la religión política” del fascismo, no pasaban por “la razón”, sino por “las emociones”. Esa es la clave, el uso intensivo de los medios de comunicación, que exaltan aparentes valores nacionales representados por las instituciones y los  símbolos patrios, secuestrados por los gobernantes en turno. De ahí la necesidad y prisa del actual gobierno para cambiar la ley e introducir reformas que conduzcan a legitimar el actual estado de excepción que vivimos. Y por acallar aquellos medios que desenmascaren los entretelones del poder, como es el caso de la revista Proceso.

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