Breve anecdotario periodístico personal

1 septiembre, 2009 § Deja un comentario

José Lupe González

Para mi hija Victoria Estefanía, por la fundación del futuro que me regaló con su suave existencia

No me dejes morir/ con los pies desnudos/ descansando en la suave hierba/ que nace en la otra orilla./ No quiero morir contemplando con  mansedumbre el río./ Prefiero ahogarme en el intento/ de remar hacia el principio secreto/ de las aguas./ Sólo por saber/ cuánto soy capaz/ de sostener los remos/ que han de parecer fusiles./ Quisiera derrumbarme al doblar la esquina/ rumbo a la máquina de escribir/ después de haber hollado/ el pavimento cálido/ con mis zapatos de reportero./ No me dejes morir ahíto/ de goces y de lágrimas./ Prefiero la lívida/ sensación del pánico/ que sube del estómago y genera las palabras./ No dejes que me sorprenda el fin/ meciéndome en la telaraña/ de una insulsez./ Quiero más bien /escuchar el último fragor de la batalla.

Ejercicio Periodístico

Manuel Buendía

1.-Nunca como en 1996 creí que el ejercicio periodístico en la estación radiofónica 100.3 tuviera fin. Parecía amplio el futuro, el tiempo sin límites; el porvenir sin orillas. Llegué al departamento de noticieros de ese grupo radiofónico por abril del 96, Héctor Esparza dirigía los quehaceres informativos y formaba un nuevo grupo de trabajo al que también se integró mi compañero de aula universitaria Reginaldo Díaz Villarreal, quien después se convertiría en reportero afamado, fundamental y también creyó que imprescindible, de la mano de Marcela Moreno.

En poco tiempo la emisión de solo media hora, tuvo buena cabida en los escuchas laguneros. El trabajo periodístico solo se abría camino en la espesura mediática de la región. Hacíamos periodismo, nada mas eso. Buscábamos la imparcialidad y casi siempre lo conseguimos. Seguimos las demandas de los diversos sectores sociales  y la respuesta fue una buena cantidad de oyentes.

Fue un grupo fraterno, leal, único en el tiempo que otorga la eternidad a quienes se atreven a robar el fuego de los inmortales. Ingenuos, Reginaldo y yo, vimos de cerca una larga trayectoria en 100.3, una estancia y un desempeño periodísticos casi sin final; aspiramos al futuro inacabable ahí, el respeto de la gerencia al trabajo periodístico hizo que forjáramos utopías. En los inicios del 97, el futuro y sus consecuencias vengativas nos llegó impune. El gerente Gerardo Vargas determinaba el cierre del departamento de noticieros, solo quedaría Héctor Esparza. El robo del fuego quedaba frustrado. Reginaldo tendría después un glorioso cometido en La Opinión, más o menos diez años con el consentimiento de Marcela Moreno lo llevaron a imaginar que ahí sería su último lugar de trabajo. Marcela Moreno igual que con Julián Parra, decidió que nadie se roba el fuego de los dioses impunes y vengativos.

2.-En el 96, el PRD  renovó su dirigencia nacional. Heberto Castillo, Amalia García y Andrés Manuel López Obrador; eran los candidatos. Abierta la campaña, recorrían el país para afianzar el respaldo de sus partidarios. Se avecinaba también la elección municipal en Torreón, que terminaba con los escándalos financieros de Mariano López Mercado en la presidencia y en el Simas. El PAN traería a políticos de reconocimiento nacional, para apuntalar la campaña de su candidato. Diego Fernández de Cevallos y López Obrador, mantenían un intercambio de acusaciones y descalificaciones en la revista Proceso. A Fernández de Cevallos le habían descubierto hectáreas y hectáreas en Punta Diamante, en Acapulco, Guerrero.

Le propuse a Héctor Esparza que 100.3 entrevistara a los candidatos perredistas, el proceso de renovación de la dirigencia nacional lo valía; el PRD avanzaba, era necesario ofrecer a los escuchas las posturas de los candidatos perredistas. De los que vinieran a la región y los que aceptaran la entrevista. Se tuvo que consultar al gerente. La solución fue que ante los procesos electorales a mediano plazo, se abriría el espacio a todos los partidos.

López Obrador llegó con la disposición de hacer sentir su defensa por la gente, por el país, por Pemex y por los más pobres. Enfrentaría como fuera a Ernesto Zedillo, entonces presidente de México; seguiría enfrentando a Carlos Salinas de Gortari. Los pobres, los sin esperanza y los sin mas presente que el hambre y el desempleo; eran sus baluartes, sus pilares. No parecía un político de los que tenemos la imagen tradicional, no, no, que va. Su vestimenta y actitud eran las de un ciudadano más indignado por los agravios de los poderosos sobre los indefensos. A las instalaciones de 100.3 lo acompañaron algunos de sus seguidores. Nada de alardes, nada de soberbias ni altanerías.

Obligado fue mencionar la disputa que mantenía con Diego Fernández de Cevallos: combatiría sus abusos hasta donde le fuera posible, afirmó. Que regrese las hectáreas de origen ilícito de Punta Diamante para construirle casas a gente que no tiene vivienda, dijo. Ya fuera de casi una hora de entrevista, sentenció: en pocas partes me han hecho una entrevista como esta, ni en el Distrito Federal. Buena entrevista.

Poco tiempo más adelante, Diego Fernández de Cevallos arribó a Torreón. Se le esperaba en 100.3 alrededor de las cuatro de la tarde. Antes estaría en GREM. Una comitiva nutrida, trajes de buen corte, celulares que recibían y hacían llamadas; fué el adelanto  a la llegada de Fernández de Cevallos. Lo imaginaba alto, espaldas de estibador, musculoso. Lo contrario. No mas de 1.60, cuando mucho; y sin ningún físico para asustar en una pelea d callejón o de barrio bajo, como las que seguido acostumbraba, como la que mantenía con López Obrador.

Ríspida fue la entrevista, Fernández de  Cevallos no pudo imponerse con argumentos endebles, tampoco con los gritos que acostumbra para minimizar a otros entrevistados de partidos oponentes o a sus entrevistadores. No pudo, los argumentos y documentos que le mostré sobre Punta Diamante y la proposición de López Obrador de que regresara las hectáreas lo hicieron tartamudear y durante segundos no pudo articular nada. Repuesto dijo: eso no se puede. ¿Quién se haría cargo de eso? Comprométase al aire, ante los escuchas y nosotros buscamos los mecanismos legales, le respondí. No aceptó. Terminó la entrevista. Su comitiva estaba furica con nosotros. Dijo de disculpa: en casi todo el país no me habían tratado en una entrevista así como ustedes. Los vi muy jóvenes y pensé que rápido me los echaría, pero están muy bien documentados. Mis compañeros están molestos porque no me fue bien, pero yo entiendo que las entrevistas así deben de ser, aunque ellos se enojen ustedes hicieron bien su trabajo. Antes de llegar aquí, estuve en otra estación de radio y allá me trataron bien, muy bien; aquí fue diferente.

3.-En el 98, López Obrador regresó ya como dirigente nacional del PRD  a Gómez Palacio, al cierre de campaña de los candidatos a la alcaldía, diputaciones locales y a la gubernatura. El priista convertido al perredismo en ese tiempo, y que después regreso al priismo para después volver a entrar al perredismo en el 2006; Ricardo Mejía Berdeja, tuvo a su cargo la agenda de López Obrador. En el diario que yo laboraba entonces, se le dió una cobertura sin igual en la Comarca. Ni con información ni la agenda de los candidatos correspondió Mejía Berdeja.

La llamada de una amiga, integrante del equipo de Máximo Gámiz Parral, candidato a la gubernatura, me informó que López Obrador se encontraba en el restaurant Las Brasas, por el boulevard Miguel Alemán; en Gómez. Estaban por salir. Tomé un camión —nunca he tenido carro y no se manejar—, cuando llegue parte de los perredistas salían. No habría tiempo para entrevistar a López Obrador. Mejía Berdeja cumplía su labor de entorpecer las actividades del tabasqueño. Comenzaron a pasar frente a mi uno a uno, al Peje lo asediaban por todos los flancos. Pasó. Ni modo, pensé. “Salúdeme”, oí que alguien me decía por detrás. Voltie. “Usted me entrevistó hace mas de un año en una estación de radio en Torreón, salúdeme”, era López Obrador que me había reconocido. Frente a nosotros Mejía Berdeja veía azorado el saludo. “Ya no estoy en esa estación. Me despidieron hace mas de un año, dicen que porque lo entrevisté. Ahora quería entrevistarlo otra vez, pero no me dieron tiempo en su agenda y ni siquiera me la mandaron”. “Lo espero en el hotel donde estoy hospedado hoy en la noche para platicar”, repuso. Mejía Berdeja me tendió la mano y disculpas, muchas disculpas. No le di la mía. Insistió. Más de uno nos veía. Reiteró el saludo con la mano que seguía extendida. Ya muchos se habían percatado. “El trato que me des, es el trato que te daré”, le manifesté. “Por favor”, volvió a porfiar. Terminé saludándolo con la cortesía que envenena el trato entre las personas. En la noche con López Obrador, fue más plática que entrevista.

4.-Desde antes de empezar a ejercer el periodismo tuve firme la convicción familiar de la honestidad. Desde antes de ejercer el periodismo repudie el “chayote”, “cuadro”, “embute”. Por mi forma de ejercer el periodismo casi nadie me ofreció ningún “sobre”. Cuando lo hicieron, como a las malas invitaciones rechace el cohecho y a quien lo proponía. Se comenta en algunos medios locales, mencionan otros tantos funcionarios públicos y por su parte pocos políticos; que los egresados de las licenciaturas en Ciencias de la Comunicación que ahora ejercen el periodismo; han dignificado en parte la tarea periodística, le han devuelto la honestidad que había perdido.

La honestidad no es algo que entre periodistas, funcionarios públicos y políticos sea algo común, como los lugares comunes en el periodismo o la literatura. Lugar común entre políticos, funcionarios públicos y hasta entre periodistas es la traición, la deshonestidad, el engaño. He hecho amigos que militan en diferentes partidos, los significa su solidaridad con los desposeídos, su indignación y su rabia ante la miseria y la desigualdad. Con ninguno he roto las colindancias del partidismo ni ellos conmigo los límites del periodismo.

Por sus necesidades informativas en la administración pública o en las faenas partidistas, mis amigos se han visto envueltos en organizar ruedas de prensa, convocar a algunos medios, difundir boletines informativos. Me han dicho sin que yo pregunte: se tiene que dar “chayote”, así sean reporteros de los medios locales más prestigiados, así sean egresados o no de universidades. Aclaro: no todos los reporteros tienen esta actitud. A un funcionario de la presidencia de Gómez Palacio, de la administración de Octaviano Rendón Arce, le pregunté sobre el embute. “Hay una lista. En ella hasta un ex corresponsal de un diario financiero nacional está”, acepto. El chayote sigue.

5.- Siempre he pensado que la muerte me llegará sin que yo lo sepa, sin un presagio que anuncie el fin mis miradas, la consumación de tantas y tantas contemplaciones eternizadas y detenidas en el instante de la memoria; la desaparición de mis mejores recuerdos que es el único tesoro que acumulo y poseo. Siempre he pensado que mi muerte será así, sin augurios ni avisos si es que no me suicido.

Empezaba a llegar la oscuridad de un domingo electoral en Gómez Palacio. Con Reginaldo Díaz, reportero de La Opinión, había recorrido algunas fuentes informativas. Salíamos del Consejo Electoral, el candidato del PRI se pronunciaría como triunfador para la alcaldía en ese 1998. Subimos al carro de Reginaldo, estacionado en una esquina, para ir al edificio del PRI. Habíamos compartido las juergas del alcohol y las tabernas, sabía que el respaldo del asiento del copiloto con un poco de fuerza se iba hacia atrás por completo. El rojo sangriento de un semáforo indicaba el alto. Llegó la luz verde y Reginaldo avanzó lento con el auto detrás de los primeros vehículos que pasaron. Cuadra y media mas adelante el rojo ensangrentado de otro semáforo nos detuvo y se nos emparejó una camioneta de lujo prepotente que venia detrás de nosotros, obstruyendo el tráfico del carril contrario. No entendimos. No supimos. No alcanzamos a saber nada. Voltié y vi una a un tipo helado como el miedo, frio como la angustia; ningún ánimo lo recorría. Guantes negros embozaban sus manos, la derecha apuntaba una pistola escuadra negra con silenciador. Apuntaba. El rojo seguía. El tráfico contrario no aparecía para que el tipo avanzara, retrocediera; lo que fuera. Le dije a Reginaldo: el tipo tiene una pistola, nos apunta, no voltees y dale por donde puedas. Dale. Los vehículos estacionados hacían imposible cualquier intento de fuga, de cualquier intento de seguir viviendo. Solo nos agachamos.

 “Valiente es el que conoce el miedo, lo siente a lo largo de cada hueso y aún así, lo vence en nombre del deber, por la propia dignidad y en un acto de fidelidad a su vocación de periodista… De vez en cuando, las balas no respetan la credencial de un periodista, y éste queda ahí, muerto”, escribió Manuel Buendía. Y si, se siente el miedo en cada latido, el terror en cada movimiento. No sentimos que las balas nos buscaran, escuchamos el ruido de los vehículos que continuaban el camino. Los del carril contrario obligaron a que la camioneta se pusiera detrás de nosotros. El riesgo de los disparos en cualquier momento seguía. Media cuadra adelante tan pronto tuvo oportunidad, el tipo se nos volvió a emparejar. La pistola asesina buscaba a alguien.

Yo se lo que es la eternidad, en serio que lo se. Esos minutos, instantes, fueron la eternidad; pero una eternidad muy hija de la chingada. Yo se lo que es la eternidad, la eternidad es algo que no se acaba nunca, créanme. Y aquello parecía que solo tendría un solo final: Matan a dos reporteros, se desconocen las causas.

Estábamos a cuatro cuadras de la policía de Gómez. Le dije a  Reginaldo: dale para la policía. Como pudo le dio para allá. Una cuadra antes nos alcanzó y ya veíamos el dedo jalando el gatillo. Dicen que momentos antes de la muerte uno ve pasar su propia vida como si fuera una película, no es cierto. Deveras. No es cierto. No alcanza uno a pensar uno en nada, en nada.

El pulso del sujeto estaba seguro, entrenado, adiestrado para asesinar. Ningún gesto, ningún movimiento inútil. Va a disparar, le dije a Reginaldo. Salte del carro y tírate en la banqueta. Yo nada mas me recargué en el respaldo que se fue hasta abajo. Esa eternidad no se acababa y yo quería ver a los dioses para mentarles su pinche madre. Estábamos a una cuadra de la policía y no pasaba ni una patrulla, carajo. Los camiones Chápala y Termo, sin saber a quien le mentaban la madre con los cláxones de sus camiones por obstruir el paso, hicieron que el pistolero se largara a amenazar o a matar a otros. Nunca supimos a que se debió su ira contra nosotros.

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