Los fotógrafos de La Jornada

1 abril, 2009 § Deja un comentario

Por Javier Rodríguez-Villa
recolectordeimagenes.blogspot.com
javier.rdzvilla@gmail.com

 Sin afán de presumir, puedo decir que diariamente obligo a mis ojos a leer un mínimo de seis diarios regionales y alguno nacional y con conocimiento de causa afirmo que básicamente todos contienen la misma información, entonces ¿qué es lo que los hace diferentes? La respuesta es muy sencilla: La fotografía.

En un homogéneo mar informativo, las imágenes singularizan al medio y a la política fotográfica que profesan; así pues, es fácil apreciar en cual redacción valoran el trabajo de sus fotoreporteros y en donde sólo usan de relleno este material informativo que en ocasiones es difícil de obtener y representa riesgos o sacrificios para sus autores.

Podemos abrir un diario en cualquier página y ¿que es lo que generalmente encontramos?: “caritas” de funcionarios con un micrófono o una minigrabadora por delante de su faz, cubriéndoles parcialmente los labios, la nariz y en ocasiones hasta algún ojo, y en la nota adjunta leemos que hablan de cualquier tema que puede ser ilustrado con una imagen acorde, pero que para captarla se requiere dejar atrás la comodidad de disparar sobre el rostro del entrevistado, camuflados tras una barrera de reporteros que pudiera ser la envidia de la mejor línea ofensiva de la NFL.

Cierto que es un hecho común que los reporteros, en el transcurso del día y conforme a la información que van recabando, se vuelven coordinadores de fotografía y dan órdenes de trabajo a sus compañeros fotógrafos, más sin embargo la calidad y la coherencia gráfica que una publicación debe mantener página tras página debe estar marcada por una línea editorial clara y precisa, que permita enriquecer el contenido del medio impreso y que sea plenamente entendida por la plantilla de fotoreporteros de tal forma que bajo cualquier circunstancia realicen su trabajo siguiendo los lineamientos previamente acordados que les permitan presentar resultados estandarizados.

Este último término debe ser entendido como la homogenización de la calidad de las fotografías tanto en el aspecto técnico como en la propuesta visual y nunca como la constante repetición de imágenes en las que sólo cambia el rostro de los retratados o los fondos donde aparecen; el objetivo final debe ser presentar a los lectores un trabajo fotográfico que caracterice al medio de comunicación y a la vez defina su perfil informativo.

En un duro comentario el reconocido fotoreportero Pedro Valtierra, menciona que los historiadores de la imagen de prensa sostienen que la época contemporánea se inició en el periódico La Jornada en 1984, y recuerda que en la década de los setenta El Sol de México se planteó la necesidad de enviar a su personal a cubrir noticias en otras partes del mundo, para pasar a cuestionar por qué esa parte de la fotografía no es conocida y no tiene el prestigio que otros medios alcanzaron después y por qué los fotógrafos de ese periódico no tienen el mismo reconocimiento público que han adquirido otros como los del unomasuno.

Luego, lanza una hipótesis demoledora: “Tal vez porque esos fotógrafos no tuvieron el empuje, el coraje y la visión que se necesitaba, no valoraron el significado de la imagen que va más allá de ser simple ilustración de las páginas, que trasciende lo diario y puede y debe ser vista también en otros escenarios como la galería, el museo, la postal.”

 El maestro zacatecano continúa poniendo énfasis en sus planteamientos al señalar que “no es suficiente tomar buenas fotos sino que te las publiquen, de nada sirven los archivos llenos de buenas fotos si no cumplen con el primer objetivo que es publicar”. A continuación viene el reconocimiento: “El éxito de la imagen periodística en los últimos años es porque han existido personajes como don Manuel Becerra Acosta  en unomasuno y Carlos Payán Velver, posteriormente en La Jornada”.

Construyendo una imagen

Valtierra rememora que la noche del 29 de febrero de 1984, Carlos Payán Velver le invitó a formar parte de La Jornada y le pidió un proyecto, mismo que al parecer fue lo que sentó las bases de la escuela fotográfica que 25 años después, se mantiene vigente gracias a aspectos como la  libertad de creación para los fotógrafos y la inclusión de la vida cotidiana de la gente en la calle como parte de la información diaria.

Otros planteamientos dieron un brinco exponencial a su época, al proponer la elaboración de suplementos de fotografía con el fin de publicar lo que por falta de espacio no cabía en el diario; la edición de libros de imágenes, respetar el derecho de autor y de propiedad de la imagen y de los negativos, la realización de reportajes gráficos con textos breves y temas fuertes y serios, y la participación del jefe de fotografía en las juntas de evaluación del diario, dejando de ser solamente el mensajero de llevar y traer fotos de un lado para otro.

Me llama la atención que en aquella época de Valtierra en La Jornada, se hacían una pregunta que se mantiene vigente: ¿para quién estamos fotografiando? Y bien haríamos en atender la respuesta: para los lectores, por lo que durante varios lustros, cámara en mano, se dieron a la búsqueda de contextos, historias de la condición humana, denuncias y revelación del andar cotidiano, lo que permitió que la preocupación del fotoperiodismo apuntó al ser humano en sí mismo, no a la agenda de los eventos oficiales y sin embargo, los políticos no fueron excluidos, sino que se buscó mostrar su lado humano, sus tropezones, sus caídas, sus señas obscenas, su cinismo, su barbarie, su carácter voluble acorde al interés que les aquejara.

El proyecto fotográfico de La Jornada fue tan sólido, que ha soportado inmune la salida de destacados fotógrafos, entre ellos Frida Hartz, de quien vale la pena rescatar la siguiente expresión: “Editorializar con la imagen es un objetivo claro en La Jornada, el estilo era claro: la estética no está peleada con la información; las fotografías publicadas siempre contenían información, critica o denuncia desde todos los ángulos”.

Yo fui lector de este periódico prácticamente desde sus primeros números –cortesía del gran fotógrafo Boris  Adrián Caldera, quien a diario compraba uno de los pocos ejemplares que llegaban a Torreón– y me nutrí de las plásticas imágenes que albergaban sus páginas en blanco y negro, en formato tabloide, y con el paso de los años constaté la atención que el matutino brindó a casos de impacto nacional como la elección presidencial de 1988, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994 y la zaga de San Salvador Atenco durante la administración foxista.

Aquí, vale la pena rescatar fragmentos de un texto de José Gil Olmos sobre imágenes del conflicto en Chiapas: “…Una columna militar sale de la niebla que se ha posado en el pico de las montañas. La figura de los vehículos, las siluetas de las armas. El perfil de los soldados envueltos en chalecos antibalas y cascos de acero es observada por un niño indígena descalzo. La imagen se queda ahí, en una foto de Carlos Cisneros… Los soldados ahora están en X¨oyep y se enfrentan a un grupo de mujeres Tzotzil que defienden el campamento de familias refugiadas que sobrevivieron a la matanza de los paramilitares. La imagen está allí nuevamente y Pedro Valtierra dispara su cámara… Mujeres y niños fueron los que más cayeron ante las balas de los paramilitares en Acteal, y son ellos ahora los que enfrentan a los soldados; o los que huyen, como en Oventic, ante el temor de su llegada, Guillermo Sologuren así lo registra en una de sus fotos… También Francisco Olvera atisba con su lente las figuras de otras mujeres indígenas embozadas con paliacates que esperan en Altamirano la ayuda de la sociedad civil…”

“…Frida Hartz fija la lente y capta el rostro doliente de una mujer desdentada que pega a su rostro el de un niño con mirada vaga. Una lágrima recorre la imagen y se petrifica en la mejilla surcada. Cerca de ahí Guadalupe Méndez López yace en la tierra. Su cuerpo recibió tiros de las metralletas de los policías de Ocosingo que respondieron con balas, las piedras lanzadas por los indígenas Tzeltales y Tojolabales que protestaban por la masacre de Acteal. José Carlo González capta los últimos instantes de la vida de la mujer, el rictus de la muerte se queda fijo en la nueva imagen… Pedro Arias Pérez toma en sus brazos a su hijo recién nacido que murió de pulmonía sin recibir la atención médica que lo hubiera salvado. En la fotografía su pequeño cuerpo queda suspendido en el aire, en medio de la tumba y los brazos de su padre. No tuvo nombre porque no fué registrado, así que su muerte, oficialmente nunca existió, sólo quedo plasmada en una imagen rescatada por los fotógrafos de La Jornada como muchas otras surgidas del conflicto chiapaneco.”

Actualmente el periódico capitalino se ha extendido a diversas entidades del país, principalmente aquellas donde la izquierda –concretamente el Partido de la Revolución Democrática– tiene fuerte presencia social, política y electoral como Guerrero y Zacatecas, y en esos lugares la tradición de la calidad fotográfica ha echado raíces con una generación de jóvenes comprometidos con su trabajo como Javier Verdín, quien deja muy claro su postura al decir que “La foto periodística tiene una contundencia muy alta, más que la escritura” y J. Guadalupe Pérez quien manifiesta que las fotos de hechos noticiosos pueden rebasar la inmediatez del diarismo, agregando que imágenes que en un contexto fueron interpretadas de cierta manera, con el paso del tiempo se pueden ver mensajes contundentes.

Pero tratar de imitar lo que han hecho los fotógrafos de La Jornada tal vez no sea tan sencillo, ya que al recurrir nuevamente a Frida Hartz, nos enteramos de las características que han poseído: “La sólida formación en todos los sentidos, tanto técnicos, académicos, periodístico y éticos y una claridad al respecto de la importancia y responsabilidad de nuestra labor como fotoperiodistas… Sumado a la obligación ante la sociedad de mostrar lo que sucede en ocasiones yendo a lugares donde nadie iba y de difícil acceso; de días de caminar en la sierra, en los estados y lugares más pobres y olvidados; se hacía siempre con el fin de informar la realidad que no se veía en los medios de comunicación. Siempre tuvimos un compromiso social y trabajamos en los temas que a nadie le importaban”. Bueno, al menos podemos probar.

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