2 de Octubre ¿no se olvida?

1 noviembre, 2008 § Deja un comentario

Miriam Canales
bella_de_dia19@hotmail.com

Iván había salido de su casa de la delegación Xochimilco con la convicción de conmemorar los 40 años de la barbarie estudiantil, de rememorar los daños y la impunidad; lo que nunca imaginó es que esos vestigios de violencia resurgirían en una trifulca entre granaderos y estudiantes como si los demonios del pasado poseyeran a los marchantes que recorrieron Tlatelolco hasta el Zócalo capitalino. Una manifestación con fines pacíficos se tergiversó en actos vandálicos y desmanes provocados por porros disfrazados de estudiantes contestatarios.

La tarde calurosa del 2 de octubre de 2008, se disponía a recordar la memoria de sus hijos, las víctimas de la masacre, ahora recibía a los herederos del siglo XXI,  jóvenes estudiantes en su mayoría del Politécnico Nacional y de la UNAM, al grito fervoroso de “¡Goooya, Goooya, Universidad!”; que atiborraban los vagones de la línea 3 del metro desde Ciudad Universitaria hasta la zona norteña de Tlatelolco. El 2 de octubre se había transformado en una moda infinita más que una reflexión social. Algunos veteranos involucrados en los movimientos de la época  aseguran que tras 40 años de conmemoraciones el asunto debería quedar en el congelador, ya que sus perpetradores sobrevivientes jamás pedirán perdón aunque sus vidas hayan sido estigmatizadas por la ignominia. Iván no compartía esa opinión, ni cientos de jóvenes tampoco.

A las 4:30pm, el termómetro marcaba 30 grados de temperatura, lo que para los capitalinos es excesivo, los norteños lo consideran natural. El sol deslumbraba sin que las lluvias de la temporada opacaran el espíritu rebelde de los marchantes. No faltaban las ventas de rigor a bajo precio: aguas frescas, gorditas y tacos de canasta: cinco unidades por 10 pesos para los jóvenes que habían salido de clases con el estomago vacío y la euforia por los cielos, sin descartar las playeras con la imagen estampada de los iconos de la rebelión como Emiliano Zapata, El sub comandante Marcos y Ernesto “Che” Guevara. Discos compactos con canciones que cuestionan y parodian al sistema, afiches y mantas para todo muchacho que se sintiera anarquista o rebelde fuera del arquetipo marcado por las telenovelas de Televisa. “Llévelo, llévelo joven” Gritaban los ambulantes improvisados esperando hacer su agosto.

En la Plaza de las Tres Culturas las ofrendas rememoraban a sus hijos caídos con veladoras, pétalos de flor esparcidos, fotografías y arengas que sonaban por doquier “¡2 de octubre no se olvida, 2 de octubre no se olvida!” Un 2 de octubre que se recuerda sólo el 2 de octubre en paneles de intelectuales, mesas redondas, crónicas sin mayor información y el resto del año se traspapela entre las hojas del calendario.

La caravana avanzaba  por las calles de Eje Central, desviándose por Reforma norte. Los jóvenes de la actualidad ya no conocen los movimientos estudiantiles previos y posteriores; ahora se dedican a escuchar a The Killers, reggaeton o rap y gritan por la calle como autómatas.

Los movimientos de la marcha se enfocan en gritar, en grafitear los muros con  leyendas anarquistas, en despotricar; predominan los estudiantes del IPN o la UNAM y sólo algunos provenientes de otras más opulentas como la Universidad Iberoamericana y escasamente personas adultas más conocedoras del movimiento. La participación juvenil se encontraba en boga con los sentidos exacerbados y el frenesí al por mayor.

A diferencia de las cientos de marchas que ocurren en el Distrito Federal, ésta adquiere mayor concurrencia, miles se congregan para liberar la catarsis, el estrés diario que implica habitar un monstruo urbano, de pelear con el prójimo desconocido, de discutir con policías, automovilistas, transeúntes y empleadas malencaradas del metro. La única oportunidad que existe para denostar al gobierno, el sistema y satirizarlo aunque ello implique ser tachado de revoltoso o hasta “naco”.

Tras una larga trayectoria por la calle Juárez, los ánimos se tornan vandálicos: los jóvenes que gritaban a favor de la justicia rompen los cristales de los negocios, se mofan de los policías que torpemente intentan custodiar y controlar la manifestación. El sistema judicial muestra su faceta más deficiente. Decenas de negocios son víctimas de la euforia bajo la protesta de un ideal distorsionado. Las tiendas de autoservicio son saqueadas, sus muros marcados de aerosol con la leyenda “Ni perdón ni olvido” y hasta algunos cajeros bancarios destruidos como forma de oponerse al capitalismo. ¿Qué dirían los jóvenes de hace 40 años si les vieran? Sus ideales transformados en vandalismo. Algunos medios señalaban que se trataba de grupos infiltrados sin que nadie lo pudiera comprobar, nadie sostuvo si realmente los estudiantes del siglo XXI fueran capaces de cometer tales actos.

Al llegar al Zócalo el discurso fue lo de menos, los jóvenes se encontraban exhaustos, algunos se echan al piso, otros simplemente divagan, charlan o aprovechan para darse un toquecito. Mientras los líderes estudiantiles emiten su discurso, se escuchan gritos a lo lejos: estalla una trifulca en una de las calles aledañas a la Plaza de la Constitución entre estudiantes y granaderos. Con la adrenalina bullendo, algunos jóvenes atacan a los policías ¿protesta o rebeldía desenfrenada? Iván registra cada movimiento con su cámara bajo el riesgo de ser azotado por la masa furiosa. Una voz grita a lo lejos: “¡Ya compañeros, no caigan en la provocación!” sin que nadie la atendiera. El sistema judicial demostró nuevamente su incapacidad para controlar; tras la crisis del News Divine se vieron desprovistos de sus armas utilizando únicamente un casco y un frágil escudo como protección de los golpes, los palazos, las patadas y hasta los escupitajos. La fiera judicial se cerraba como un ovillo hasta que la masa corrió dispersándose por la plancha del Zócalo. Los jóvenes aprehendidos pagaron caro la furia del sistema. Otros corrieron a resguardarse o escaparon mientras que el otro extremo el discurso quedó relegado. Al ocultarse el sol, el auténtico 2 de octubre había quedado en el olvido.

El resultado de la conmemoración terminó en decenas de detenidos golpeados y trasladados a los separos, y una vez más, la falla de la sociedad y el gobierno en si. Iván acude a un “Seven Eleven” a comprarse algo para comer mientras una atemorizada cajera se resguarda tras una puerta metálica “No somos porros”, le dice para tranquilizarla. Tantas horas de adrenalina y vehemencia lo habían dejado hambriento. Mientras come por la calle Juárez unos adolescentes pintarrajean la lona de una tienda, al ser reprendidos se justifican con un vano “¡Tu no sabes nada de nada!”. El centro histórico capitalino tiene más la apariencia de haber sido sacudido por un temblor que haber sido utilizado para una marcha del 2 de octubre.

La masa se dispersa. “¿Qué güey?, ¿nos vemos en Garibaldi?” Lo jóvenes ya hacen sus planes para disolver el cansancio en alcohol. Los medios ya tienen la nota de ocho columnas para el día siguiente con  dosis de violencia y frenesí. Iván acudirá a su casa a subir las imágenes a su computadora. Quizá lo mejor sea ver después un partido de fútbol.

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