Urge la cláusula de conciencia

1 septiembre, 2008 § Deja un comentario

Mónica Perla Hernández
monicaperla@hotmail.com

Ser de derecha y trabajar en un medio de izquierda, o a la inversa, es una situación más común de lo que podría pensarse. Redactar textos informativos o de opinión, sin comulgar con lo que se escribe, y muchas de las veces por encargo del medio con un fin económico más que periodístico, es también una escena cotidiana de las redacciones.

El asunto no es particular de la prensa escrita, en los medios electrónicos observamos un día si y otro también, como se editorializa la nota informativa, catalogada en diversos manuales de periodismo como el menos subjetivo de los géneros. Y todo ello en aras de las componendas entre buena parte de los medios y el poder.

Esta problemática en los mal llamados medios de provincia, es una constante pertinaz, si se toma en cuenta que en estados como Durango –citó al menos el caso de la capital–, más del 90 por ciento de los medios dependen de los convenios de publicidad gubernamental, entre ellos kioSco.

Y cabe apuntar que muchos de los denominados medios nacionales, por un asunto de componendas o de acuerdos con el poder, también someten a los trabajadores de las redacciones a ese tipo de prácticas que van en contra del periodismo, en su más estricto sentido del mejor oficio del mundo, como fue catalogado hace algunos años por el premio nobel de literatura, el colombiano Gabriel García Márquez.

Ante el panorama de los medios de comunicación en el país, del cual por supuesto no está exento el panorama estatal y regional, se hace necesario voltear hacía la necesidad de que en México se logre aprobar la cláusula de conciencia para los comunicadores, a fin de proteger tanto su independencia como su dignidad, y no atentar contra la premisa periodística de la veracidad.

El tema viene a colación de las decenas o centenas de notas informativas, o trabajos periodísticos de diversos medios de comunicación que de forma deliberada mienten respecto a una situación.

Tomemos como ejemplo lo relativo a la libertad de expresión, tan llevada y traída por el duopolio: Televisa y TV Azteca. Baste señalar que de forma maniquea tanto la televisora del Ajusco como la de Azcarraga Jean –en ese orden–, han manipulado a la opinión pública abrogándose el derecho de hablar a nombre de todos los periodistas del país, y decir que la Cámara de Diputados atentó contra una garantía constitucional. Ello mientras la realidad va en sentido contrario.

Un ejemplo más cotidiano y aplicable –desafortunadamente– a decenas de  redacciones de la mal llamada prensa de provincia, es la nota del día encargada a un reporter@ con la intención de rescatar un convenio publicitario, golpear a una persona pública de forma deliberada o exagerar una situación con dolo para poder vender papel.

Y si la cotidianeidad no es suficiente para subrayar la necesidad de que los comunicadores contemos con una cláusula de conciencia que garantice el respeto por nuestro trabajo, sin tener que mentirle al público de forma deliberada, baste cerrar los ejemplos con aquellas órdenes de información o encargos editoriales que atentan contra la línea editorial del medio, contra la ideología del reportero y contra decenas de máximas periodísticas.

En palabras llanas el reporter@ en muchas ocasiones debe ir en contra de los principios periodísticos elementales, bajo la amenaza de perder el trabajo. Aclaró que de ninguna forma defiendo a priori el que alguien acepte de manera inmediata este tipo de situaciones, sin que le causen un conflicto de conciencia, porque contrario a la máxima del padre del  Nuevo Periodismo en el mundo, Ryszard Kapuscinski, si hay cínicos en este oficio, y no sólo buenas personas.

Empero, también debe subrayarse que no todos los reporter@s están dispuestos a tener que sujetarse a un criterio que atenta contra su libertad de pensamiento, a cambio de mantener su puesto. El problema para estos últimos que valoran la premisa de la veracidad y la imparcialidad en sus informaciones, es sin lugar a dudas, el hecho de que en nuestro país no exista una legislación que permita renunciar de forma digna, cuando la empresa para la cual trabajamos cambia de orientación informativa o de línea ideológica, o cuando ésta traslade a un reportero a otro medio de su mismo grupo que por su medio o línea suponga una ruptura patente con el reporter@ en mención.

Es decir, es como si a alguien de Reforma, de repente lo obligan a escribir en el periódico Metro, que atenta en más de un sentido contra el periodismo profesional y el respeto de terceros.

Quienes mantienen en la congeladora o lejos del análisis, el que se le de pauta a la legislación en esta materia, sin duda esgrimirán que apenas cuatro países del mundo tienen esta disposición para los comunicadores. Y que de los cuatro mencionados, en América Latina sólo Paraguay cuenta con esta garantía para los comunicadores.

Pero ese argumento será algo endeble, si se piensa en la situación para el ejercicio periodístico en el país, ante un gobierno más censor que el de Vicente Fox Quesada –lo cual ya es mucho decir–.

O si se analiza, el número de periodistas censurados y acosados por los gobiernos locales, que se volvieron reyezuelos totalitaristas que no aceptan la crítica y que como imitadores fatuos del propagandista Joseph Goebbels, pretenden ocultar cualquier información “negativa” que  vaya en contra de sus planes personales, más que gubernamentales.

Lo que está en juego en la aprobación de una medida como la cláusula de conciencia, es como cita el decreto aprobado por el rey Juan Carlos de España, el 27 de junio del 2007, es garantizar a los comunicadores, la independencia en el  desempeño de su función profesional.

Asegurar que la labor de los profesionales de la información, no pueda ser objeto de consideraciones mercantilistas, y que quienes ejercen esta profesión no puedan ser considerados una especie de mercenarios abiertos a todo tipo de información y noticias ajenos a la veracidad y a la pluralidad.

Lo anterior no es una utopía, sino una medida que sin lugar a dudas fomentaría el desempeño de un periodismo más apegado a los preceptos éticos y sociales, pero sobre todo más ligado con su función social y con el ejercicio de contar las historias de los otros, y no sólo de quienes tienen prominencia que en este país, generalmente son los personajes ligados al poder económico y al político, más que al social.

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