Apuntes acerca del gremio periodístico

1 septiembre, 2008 § Deja un comentario

Daniel Maldonado
dems64x@yahoo.com.mx

I. El Balde de Cangrejos.

El mundo periodístico no se diferencia mucho de cualquier entorno laboral: existen pugnas, pasiones, odios, rencores, simpatías, antipatías y en muchas ocasiones una gran competencia entre quienes realizan la labor informativa. Dado que en muchos periodistas pesan más estas confluencias y aversiones, creer que es posible unir al gremio periodístico para defender a los mismos periodistas, y marcar un contrapeso ante las presiones del poder y los poderes fácticos, es, para ser honestos, un sueño inalcanzable.

A pesar de que se dan casos donde se pueden franquear los obstáculos de las pasiones individuales, como sucedió hace unos meses con el apoyo que varios medios le dieron publicando la columna Politicuentos del periodista Mario Gálvez, a quien se le censuró en el periódico La Opinión Milenio un texto certero sobre el problema del arsénico en el agua y la sobreexplotación de los mantos acuíferos; siguen teniendo mayor peso los encuentros y desencuentros de quienes conforman el gremio periodístico. Que si fulanito es chayotero; que si a fulanito le encanta ahogarse en la combebencia y entrarle a la nieve en polvo; que fulano fue pareja de perengana y ahora anda con zutana; que si la misma zutana hizo su carrera ensabanándose para subir de puesto, y otro tanto chismerío se ponen de justificación para no crear una asociación periodística que englobe a la mayoría de los actores del periodismo lagunero transformándolos en un cuarto poder real.

Antes que la labor informativa y el mismo público al que se supone hay que informar, la individualidad persiste, por mucho que se escriba o transmita la idea contraria.

Cada periodista la mayoría de las veces busca llevar agua a los molinos de sus intereses. Hay que aclarar que no hablo de la búsqueda de la primicia, de la investigación o del reportaje certero y puntual; el trabajo verdadero que hace resaltar a quien lo realiza. No. Me refiero a lo permanece tras las bambalinas de la información, la ambición, las ansias de poder, la búsqueda de prebendas, la complacencia ante los poderes, e incluso el callar debido al miedo a perder el financiamiento que es un gran sostén de los medios (si no es que el único),  a pesar de ser recursos públicos con los que se financia a quienes informan.

No sé si esto venga del espíritu competitivo impuesto por el modelo capitalista o de la instauración del éxito como fin de vida (imagino la frustración de tantas personas que buscan y buscan el éxito sin saber que es el camino, y no la meta, lo que brinda recompensas mediante el aprendizaje de las experiencias durante el trayecto), o de la incapacidad de quienes conforman el gremio periodístico para ver al trabajo como lo primordial más allá de sus pasiones e intereses.

Por supuesto que pensar lo contrario es idealismo puro. Veo un gremio periodístico en el que se reproduce la fábula del balde de cangrejos: si alguien comienza a ascender los demás lo jalan para que no avance. Nada distinto de lo que vemos en todos los ámbitos de la existencia: primero yo, después yo y al último yo, y si queda un espacio va para mí también. A los periodistas también nos vendrían de lujo unas clases de civismo, ya sea en la carrera o en diplomados.

 

II. Las asociaciones: ¿con malón el que se vendía?

Ahora vamos con la otra parte. De que hay asociaciones, las hay. Algunas muy buenas, nacionales y con objetivos definidos a largo plazo y otras más bien temporales y realizadas conforme a intereses particulares. Aquí en la Laguna tenemos una asociación de periodistas que, presuntamente, son allegados al poder y les encanta el apapacho gubernamental, incluso se reúnen con los representantes del poder y les pagan con lambisconería y autocensura, los (des)informadores.

¿Son estas las asociaciones que queremos, de periodistas mansos y conformistas, incapaces de cuestionar a la autoridad, periodistas que se venden y si no reciben su pago por silencio se vuelven los más críticos y rabiosos buscadores del bien común?

Esa clase de asociaciones sólo demuestran cómo la corrupción sigue siendo la leucemia cultural del mexicano, el cáncer arraigado en el tuétano y la sangre del egoísmo.

Pero ¿y los periodistas independientes? Como en el mundo de la creación, el arte y la cultura, demasiado pesan los egos como para dejarlos a un lado y saltar más allá de la parcela del trabajo propio. Abundan los comentarios al estilo: sí, fulano es bueno, pero siempre le hallaré un pero porque tengo envidia, o porque no me cae, o porque es humano y tiene tales defectos.

 

III. La santidad del periodista.

Seamos por completo honestos: son pocos los periodistas impolutos.

Conozco licenciados en ciencias de la comunicación que mientras estudian y empiezan su carrera son los más combativos, los más comprometidos, los que tratan de enarbolar la bandera de las causas sociales. Pero todo cambia después del primer regalo, el primer “apoyo” económico, la primera mordaza, el primer puesto gubernamental, o al tomar la línea editorial que marcan los intereses de las empresas informativas. Siempre tendré presente lo que me dijo Marcela Moreno cuando fui a una entrevista de trabajo en La Opinión Milenio: no se te olvide que antes que un periódico esto es un negocio, una empresa.

¿Debemos compartir entonces la premisa de que la ganancia va antes que absolutamente todo? ¿Y qué hay sobre los premios de periodismo que otorga el poder? ¿Es ese un pago por pegarles? Porque hay que admitir que en muchas ocasiones los premios galardonados son los que sostienen una postura favorable al gobierno. Nunca premiará el gobierno un reportaje que toqué un caso grave de corrupción interna, o que destape un escándalo en las altas esferas del poder. Recuerdo un premio al periodismo cultural galardonado por presentar argumentos que se oponían al matrimonio entre homosexuales años antes de legalizar las sociedades de convivencia en Coahuila.

Hay que ver también el compromiso personal. Si bien los periodistas no somos santos, debemos saber hasta qué punto llevamos nuestra congruencia entre actos y escritura. ¿Vale la justificación de que el periodista está sólo para señalar los males de la sociedad, informar sobre lo que acontece sin importar la gravedad de la información y quedarse sólo en el ámbito informativo? ¿Es la única medida de nuestras posibilidades? ¿Y la participación social dónde la dejamos? Porque por mucho que los periodistas se sientan una casta apartada del ciudadano común y cercana al poder, siguen siendo ciudadanos que padecen la situación socioeconómica imperante. Sólo que casi siempre lo olvidan.

 

III. ¿Más vale solo que bien asociado?

A pequeña escala lo que se suscita en el gremio periodístico es un reflejo cultural de la sociedad: el egoísmo impera; los egos y las posturas políticas e ideológicas pesan más que el interés general; la preocupación por el sostenimiento económico, las prebendas y los privilegios rebasan cualquier concepción del individuo como ente social; la ignorancia, falta de cultura y conocimiento están presentes en muchos de quienes realizan la labor periodística; la incapacidad de unión por una causa mayor no se dará hasta que la crisis sea cercana. Todo esto resulta aún más curioso cuando sabemos que los actores del periodismo regional por no tener su propio medio, andan saltando de una empresa informativa a otra.

Ante estas condiciones, tomemos nuestra postura y unámonos con quienes comulguen con nuestras ideas, pero que estas sean siempre enfocadas al público al que debemos, o deberíamos, informar y dar conocimiento de su realidad inmediata y lo que en un futuro podría acontecerle, siempre buscando alejarlo de la ignorancia y otorgándole conciencia de su poder grupal e individual. Después de todo la unión siempre hace la fuerza. No por nada es tan certero el lema de “divide y vencerás”.

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