El volumen de la música en los bares impide la convivencia

1 junio, 2008 § Deja un comentario

Las autoridades no regulan los decibeles de los aparatos musicales

José Lupe González

Hay en cada convivencia de dos o más personas, algo de eternidad y de nostalgia. Hay en cada reunión que se celebra con cerveza, vino o tequila, algo de perpetuidad del instante y de los que ahí comparten lo que serán los recuerdos que se fundan para atravesar el futuro y llegar  a la eternidad de la tumba. Quedan intemporales rostros y voces, gestos, anécdotas y risas; quedan las cicatrices afligidas del llanto, de los suspiros que parten como trenes partiendo el viento.

Ir a una taberna no siempre es significado de borrachera ni de parranda. Tiene su reverso, su contraparte: la convivencia, la confirmación de quienes se amistaron en algún vericueto de la existencia, de quienes siguen con su amistad como único puente para llegar al final del tiempo y de los hechos.

Disfrutar las nostalgias o el placer del presente en un bar, es cada vez más cercano a lo imposible. El ruido destruye la convivencia, la plática; creo que a nadie le gusta que le hablen a gritos, que le pidan las cosas con ademanes ni con señas. A nadie, creo, que le gusta gritar teniendo a su amigo, a su igual, al mesero, a quien sea a menos de medio metro.

Reunirse en una taberna impide la conversación, el intercambio de ideas. El volumen de las rockolas o de los aparatos musicales que los mismos dueños de los tugurios instalan en la barra; destruye cualquier intento de sostener una plática agradable de los que se reúnen en una misma mesa.

Las autoridades regulan todo lo referente a las medidas legales y de higiene para que un negocio de esa naturaleza se instale. Pero ninguna dirección o departamento, vigila o impone el grado máximo del volumen al que los aparatos musicales deben de funcionar.

La mejor forma de idiotización a la que nos ha llevado la “socialización” de las formas de vida que la misma sociedad ha impuesto, se encuentra ahora en cualquier “centro” de “diversión”. Los llamados Antros o las discotecas, tampoco tienen regulado el nivel del volumen al que deben de funcionar los aparatos musicales. En Torreón, por ejemplo  ya más de una ocasión, vecinos del sector de la Alameda Zaragoza, han protestado por el volumen tal alto de la música de los restaurantes y bares aledaños. Han exigido al Ayuntamiento que solucione el problema.

Pero en las demás tabernas, nada. Todo sigue igual. Lo peor es que todos los concurrentes siguen contentos enajenándose con el ruidazal que se emite. Ernesto Sabato, en su libro La Resistencia manifiesta: “ Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos. No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibeles, ni olemos perfumes. Ya ni las flores los tienen.

“Algo que a mí me afecta terriblemente es el ruido. Hay tardes en que caminamos cuadras y cuadras antes de encontrar un lugar donde tomar un café en paz. Y no es que finalmente encontremos un bar silencioso, sino que nos resignamos a pedir que, por favor, apaguen el televisor, cosa que hacen con toda buena voluntad tratándose de mí, pero me pregunto, ¿cómo hacen las personas que viven en esta ciudad de trece millones de habitantes para encontrar un lugar donde conversar con un amigo?

“Esto que les digo nos pasa a todos, y muy especialmente a los verdaderos amantes de la música, ¿o es que se cree que prefieren escucharla mientras todos hablan de otros temas y a los gritos? En todos los cafés hay, o un televisor, o un aparto de música a todo volumen.

“Si todos se quejaran como yo, enérgicamente, las cosas empezarían a cambiar. Me pregunto si la gente se da cuenta del daño que le hace el ruido, o es que se los ha convencido de lo avanzado que es hablar a los gritos. En muchos departamentos se oye el televisor del vecino, ¿cómo nos respetamos tan poco? ¿Cómo hace el ser humano para soportar el aumento de decibeles en que vive? Las experiencias con animales han demostrado que el alto volumen les daña la memoria primero, luego los enloquece y finalmente los mata. Debo de ser como ellos porque hace tiempo que ando por la calle con tapones para los oídos”.

A mí en lo personal, me ha tocado tolerar las negativas de los dueños o encargados de los tugurios, a los que con alguna frecuencia he asistido. Malas caras. Negativas. O un amable “no se le puede bajar porque los demás clientes así lo quieren, pero usted puede buscar otro lugar”; son las respuestas que he tenido.

El volumen irracional lleva a la desunión, a la incomunicación, a la bestialización; el hecho de que esos lugares sean considerados como centro de vicio, no autoriza ni justifica que los asistentes no sean personas, humanos, y como tales tengan derechos que deben ser respetados y custodiados por las autoridades

Nunca he visitado un lugar en los que conviven o se emborrachan los funcionarios que tenemos como autoridades. Mis ingresos no llegan a tanto. Desconozco si en esos lugares el ruido es del mismo nivel, pero en caso de que así sea de todos modos no se justifica que no se haga nada para bajar los decibeles en todas las emborrachadurías. El que quiera mucho ruido, puede ponerlo en su casa; a ver si los vecinos no protestan y a ver si en su misma casa también lo dejan.

Estamos en la animalización, o peor. Ya el ruso Pavlov mostraba décadas atrás, el condicionamiento de los sentidos de los animales por medio de sonidos periódicos. Se está bestializando a la gente. Se sigue deshumanizando la convivencia de quienes se reúnen a ratificar su amistad, de quienes se reúnen para disfrutar una plática. Se destruye el placer de nostalgia y de eternidad  que tiene la conmemoración de la compañía, de la camaradería, de la amistad. Animales, sin más.

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