La libertad de Expresión y el Derecho de los Niños

1 enero, 2007 § Deja un comentario

Cecilio Campos 

Son principios rectores de la protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes: El tener una vida libre de violencia. El de corresponsabilidad de los miembros de la familia, estado y sociedad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

Ley para la Protección de los Derechos         

Niñas,  Niños y Adolescentes.

Artículo 3, Fracc. E y F.

En la sociedad  global, donde las tecnologías de la información y la comunicación tienen un papel preponderante, los modelos de los niños ya no provienen únicamente de los padres, la iglesia o la escuela, sino también de  todo lo que transmiten los medios de difusión masiva, esencialmente la televisión, que ejerce una gran influencia en el comportamiento de los individuos y más aún en el caso de los niños.

Se tiene que tomar en cuenta que la mayor parte del aprendizaje de éstos últimos se origina por imitación y que existen riesgos innegables: pueden adquirir valores ajenos a los  familiares, ser inducidos a reproducir conductas y lenguaje deformados, y muchos otros de los que hay que protegerlos. Los oligopolios televisivos gozan de una  libertad de expresión casi ilimitada,  presuponen que tienen el derecho a desplegarla sin ninguna obligación  y que se encuentra por encima de cualquier otro derecho, como el de los menores a un desarrollo integral y a una vida sin violencia.

Desde finales de los años 60 se han venido realizando investigaciones acerca de los efectos de la violencia televisiva en la niñez, y las alteraciones que puede ocasionar en su comportamiento, agravadas además en la actualidad por la fijación de contenidos sexuales, y conductas antisociales en general, que son punibles  por las normas legales pero que en la pantalla chica son permisibles, y que se muestran indiscriminadamente a los menores, debido a la inexistencia o laxitud de controles.

Uno de tales estudios, auspiciado por el Senado de los Estados Unidos en 1969, antiguo pero vigente, denominado: “La televisión y el desarrollo del niño” concluyó  que gran cantidad de dibujos animados, contenían varias veces  más violencia que los programas normales para adultos, que la observación de escenas violentas fomenta las tendencias agresivas de los niños, y que los modelos televisivos son fuentes de conducta social que gravitan  en el desarrollo de su personalidad.

En consecuencia con lo anterior,  sin la debida supervisión de los padres  la televisión representa un riesgo grave para los niños, lo cual no significa sobredimensionar el problema ni caer en actitudes moralinas, pues  va más allá de los trastornos que causa en sus  patrones de alimentación, sueño, o de atención a los deberes escolares. Irresponsablemente en muchos hogares la tele es utilizada como niñera, y los pequeños pasan mas tiempo viéndola que  en las aulas o  que conviviendo con la familia.

En México, la ley para la protección de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, publicada en el año 2000, recoge la preocupación sobre las alteraciones que en el desarrollo  de los niños  puede  causar  la violencia y la exposición sin contenciones de  temas y situaciones del mundo de los adultos, al plantearse como objetivo asegurarles un crecimiento integral, física, mental, emocional, social y moralmente, estipulando que son  principios rectores  de sus derechos, entre otros, el que tengan una vida libre de violencia,   y el de corresponsabilidad de la familia, el estado y la sociedad,  incluyendo directamente   a los medios de comunicación, ya que señala puntualmente en el artículo 43, que las autoridades federales  vigilarán que no difundan información contraria a los objetivos de dicha ley, evitando que los contenidos perjudiciales para su formación, como son aquellos que promueven la violencia, o hagan apología del delito y la ausencia de valores, se transmitan en horarios de clasificación A, y además dispone que: “difundan  información y materiales que contribuyan a orientarlos en el ejercicio de sus derechos, les ayude a un sano desarrollo y a protegerse a sí mismos de peligros que puedan afectar a su vida o su salud.” lo cual en los hechos no sucede, pues  es común presenciar a cualquier hora programas para mayores de edad,  amén  de  la  pobreza  de  la   programación cotidiana, que salvo raras excepciones, distorsiona la realidad y presenta soluciones falsas a los problemas humanos, lo que  en nada contribuye al  óptimo desenvolvimiento de los niños y adolescentes.

TV Azteca y Televisa no han asumido su corresponsabilidad social, y en el mejor de los casos sólo simulan comprometerse con la cultura de protección de los derechos de la infancia, ya que para esos medios y muchos otros, su libertad de expresión no puede ser acotada por ninguna regulación, derivando en letra muerta las normas en la materia.

Los niños tienen que ir descubriendo paso a paso el mundo de los adultos, a medida que su desarrollo físico y psicológico se los permita, para que  sea armónico y natural. Los estudiosos de este fenómeno advierten que exponerlos irresponsablemente a las complejas circunstancias de los mayores de edad equivale literalmente a una violación de su inocencia. No puede permitirse que la infancia atestigüe todos los días hechos de violencia, prácticas sexuales deformadas, delitos y actos degradantes basados en la falta de valores éticos y morales, porque no tienen la suficiente capacidad para juzgarlos.

Ante la falta de voluntad  de las autoridades federales competentes para cumplir con su obligación, y el fuero intransigente en que se han instalado los medios de comunicación oligopólicos, en la etapa de  transición democrática, sólo queda la formación y la protección insustituibles  de los padres, para que los niños, las niñas y los adolescentes tengan garantías mínimas para ejercer sus derechos elementales.

Así pues, la responsabilidad  permanece  en el núcleo primario de la sociedad, al que siempre  ha pertenecido: la familia, que debe procurar el desarrollo saludable  de  sus integrantes.

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