El analfabetismo funcional presente en los medios laguneros

1 noviembre, 2005 § Deja un comentario

Por Daniel Maldonado

 El compromiso al estar al frente de un micrófono, cámara de televisión o computadora al redactar, mencionar, transmitir y dar una noticia hace de los encargados de la difusión los responsables por el modo en el que se transfieren y divulgan las formas de expresión tanto escritas como lingüísticas. Los errores de enunciación son comunes en los comunicadores nacionales y laguneros y si bien las mutaciones del lenguaje se dan en las capas bajas de la sociedad -a la que los informadores no pertenecen-, los comunicadores en el presente están contribuyendo con su deterioro al presentar un analfabetismo funcional demostrable en su mínimo conocimiento de las reglas gramaticales, sintácticas, de acentuación y redacción entre otras (a veces, presentes en este periódico, asunto en el que ya trabajamos), y al enfrentarse a su comprobable bajo o nulo bagaje cultural manifiesto en su modo y contenido expresivo e ideológico.

Vemos con frecuencia en los diarios la redacción confusa de noticias a las que el desorden argumental las reduce a la plática en lugar de su labor escrita, escuchamos tanto en radio como en televisión ejemplos detestables como es el caso de CAMION VOLCÓ, RÍO DESBORDÓ, MUCHACHO SUICIDÓ, que nos hacen preguntarnos: ¿Volcó qué, Desbordó qué, suicidó a quién?, anulando la función de la partícula SE de los verbos reflexivos: SE SUICIDÓ, SE VOLCÓ, SE EQUIVOCÓ, etc.;  y el mal uso de los pronombres, el abuso del pronombre A en perjuicio del HASTA, DE, PARA, EN y demás conectores. Otro de los ejemplos es el abuso en las muletillas: el Y BUENO PUES, que resulta un nexo cuya ayuda vicia la locución por su calidad de vacío unido a las muletillas habituales: CABE SEÑALAR, MANIFESTÓ, y el recién adoptado y mal aplicado EN OTRO ORDEN DE IDEAS (¿sabrán lo que es un orden de ideas?), que, si los escuchamos en una transmisión en vivo, se unen a la incapacidad de concretar un argumento, o como lo atestigüé en la transmisión de un enlace en un concierto por Cable Noticias Laguna, la inhabilidad de dar un parecer sobre lo que se está informando: la reportera se limitó a enunciar las virtudes obvias de la cantante sin poder asirse de algún parecer más o menos sencillo que la salvara de demostrar su ignorancia sobre el evento que cubría. Además el reducido lenguaje de los informadores se constituye alrededor de un número reducido de palabras, calificando a cualquier otro vocablo de PALABRA ELEGANTE debido a esta misma limitación, cuando en realidad el lenguaje es más vasto que el corral en el que encierran sus términos como consecuencia de su nula lectura (aquí una pedrada noble: vea a Adela González en Telediario de canal 9 y cuente la cantidad de veces que dice la palabra BUENO, al darse cuenta de ello, le resultará un poco detestable, aunque al ser noticias, corrijo, chismes de la farándula, se le puede perdonar).

Otra de las características de los encargados de transmitir notas es la falsa elocuencia que demuestra la impostura textual tratando de parecer más educados y lo único que expone es la simulación de una cultura vasta, por lo que sus entrevistas a personalidades que sí tienen este bagaje los hace redundar entre tópicos en sus cuestionamientos y a veces los transforma en víctimas de su propia ignorancia (Verbigracia, Víctor Hugo Hernández hablando de temas culturales; Ángel Carrillo en el transcurso de su noticiero y cuando trata de promocionar las biografías y libros que se regalan con las suscripciones a La Opinión Milenio, y otros conductores en los informativos de Telediario y alguno de TV Azteca y Televisa Laguna, que son los que mejor librados salen) y no es que me ensañe con los cabecillas del monitor y el micrófono en Multimedios Televisión y Radio, pero sus pretensiones radiofónicas llegan al cinismo al tener un programa llamado Los especialistas, ¿los especialistas en qué, en perjudicar el lenguaje, en dar opiniones obvias, en demostrar su ignorancia, en no saber hilar sus ideas?

 Quizá el problema principal de estas abolladuras del habla y la escritura consista en el afán protagonista de los estudiantes de la carrera de periodismo y comunicación, más interesados en salir en pantalla, estar frente al micrófono y ser conocidos, que en informar y nutrirse culturalmente para el ejercicio de su licencia; la cada vez más amplia necesidad de los profesores de justificar un nivel académico ficticio para sustentar el sostenimiento de la institución a la que pertenecen –como me platicó un camarada profesor de una universidad privada, quien aprueba a los alumnos por ordenes de sus superiores, más interesados en permanecer lucrando con la educación que en cimentarla y obtener gratos resultados-; y en la deformación a entretenimiento y espectáculo que enfrenta la verdadera labor periodística, la pérdida del compromiso personal, humanístico y en la omisión de enseñar la responsabilidad que el ejercicio informativo reclama en cada uno de los interesados en comunicar con veracidad, puntualidad y entereza, sin olvidar el modo correcto de expresarse ni el conocimiento de la cultura general que el ejercicio exige: bellas artes, situación histórica y mundial, conocimiento de política, otro etcétera.

Como decía mi abuela, en el modo de hablar se muestra la educación, la formación y la cultura. Dime cómo hablas (y escribes), y te diré en que medio trabajas.

 

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