Un oficio en decadencia

1 mayo, 2005 § Deja un comentario

Jorge Villalobos

 “El ojo puede leer en diagonal toda una página, y retener lo que le interesa: el oído tiene que tolerar todo cuanto le digan: pero no lo hace dos veces, si está en su mano”, escribió el maestro Salvador Novo, entusiasta de la radio en sus inicios, y tenía mucha razón; antes bastaba con botonear, o sea, cambiar de estación, para quitarnos de encima a un mal o improvisado locutor, pero en la actualidad, el ilustre poeta caería en el estupor al percatarse de la gran cantidad de opciones en comparación con las exiguas alternativas de calidad existentes (en cuanto a locución y ni se diga en programación) en el cuadrante.

Desde que las autoridades federales (SEP-SEGOB) dispusieron cancelar los exámenes de aptitud para locutores y cronistas en el año de 1992, una caja de Pandora fue abierta, de la cual han salido calamidades que en actualidad aterrorizan, confunden e indignan a los radioescuchas (también televidentes) de muchas partes del país por la supina ignorancia, procacidad y lenguaje deformado de quienes se ponen ante un micrófono con el afán de “entretener” o informar a la audiencia.

La erradicación de dichos exámenes para aspirantes a estos menesteres, obedeció a una mal entendida descentralización administrativas en el ramo, ya que para obtener una licencia, o mejor dicho, un certificado de aptitud para locutor o cronista, se tenían que hacer los trámites, así como presentar las cuatro diferentes pruebas en la ciudad de México, que constaban de un extenso examen escrito y tres pruebas orales, por lo que, en efecto, resultaba un tanto dilatado, problemático y dispendioso para los aspirantes.

Tal situación, representaba un largo camino para muchos de los aspirantes a ser unos profesionales calificados del micrófono, pero creo que justificadamente, tomando en cuenta el grado de responsabilidad social que se adquiere cuando alguien siente el llamado de la vocación de comunicador como puede ser el caso de un locutor, pues demostrado está lo trascendente y delicado que resulta dicha actividad en el espectro del quehacer humano actualmente, por lo que la certificación resultaba ser un filtro seleccionador y un control de calidad indispensables para esta actividad.

En efecto, eran pocos los que pasaban las pruebas (desde 1953, en que se expidió el reglamento de los certificados de aptitud, hasta julio de 1990, 37 años, había en el país menos de 10 mil acreditados) y esto se prestaba a sospechar que había “gato encerrado” puesto que la mayoría de los aspirantes a locutor ya tenían cierta experiencia y se sentían más que aptos para tal actividad parlanchina; lo que no se cuestionaba era que, aparte de la habilidad oral y estilizada entonación, había que poseer mínimamente una buena dosis de conocimientos y cultura generales.

Había que poner empeño en prepararse para aquel examen, que constaba de cuatro partes, la prueba escrita era la primera y consistía en más de 300 preguntas de cultura general (según recuerdo), y en desarrollar un tema en no menos de dos cuartillas; quien no acreditara este primer auscultamiento, automáticamente se descartaba para los restantes tres exámenes orales que eran acerca del conocimiento de la Ley Federal de Radio y TV, pronunciaciones (nociones) de los idiomas inglés, francés, italiano y alemán, así como la prueba llamada “prácticas de cabina”.

La calificación la otorgaba el sinodal después de la sesión y aquellos que aprobaran los tres exámenes se les extendía inmediatamente un permiso provisional para ejercer legalmente; los que no acreditaban tan sólo una de estas pruebas era rechazado pero con oportunidad para una siguiente promoción; a pesar de esto muchos volvían a aplicar varias veces y no lo lograban.

Durante mi experiencia, aplicamos alrededor de 200 aspirantes, de los cuales más de la mitad reprobaron el examen escrito y en los orales tan sólo ocho acreditamos el conjunto de pruebas, por lo que se nos dio una constancia de acreditación en ese mismo momento… el sistema, no era infalible, cierto, pero se evitaba que muchos diletantes del oficio engrosaran las filas del gremio, con lo cual se daba un control de calidad y, cuando menos, cierto decoro en el medio.

Desde 1992 hasta la actualidad, sólo se requiere ser estudiante avanzado de la licenciatura de comunicación o laborar en alguna empresa de radio o TV con más de un año de antigüedad, así como el aval de ésta, para después hacer una petición por escrito y así obtener una credencial-permiso para locutor.

Si embargo, hay quienes ni siquiera se toman la molestia de hacer este trámite, y saltándose todas las trancas se avientan al ruedo (bajo la anuencia y promoción de los propios medios) con gran audacia y voluntad pero sin una plena conciencia de la responsabilidad que significa hablar-comunicar a una gran audiencia, llámese entretenimiento, información, cultura o lo que se quiera transmitir a través de la radio y la tele, principalmente.

A 11 años de la desaparición de los exámenes para locutor, las autoridades federales así como ciertas instituciones involucradas en la comunicación, están estudiando y pugnando por la posibilidad de volver a aplicar las pruebas de aptitud, puesto que es urgente, ya que ha resultado escandaloso el libertinaje con que los “profesionales del micrófono” (la mayoría jóvenes) maltratan, violentan, confunden e indignan a los escuchas con el mal uso del lenguaje, desacreditando, desvirtuando y frivolizando tan importante oficio, y lo que es peor aún: desinformando y enajenando las vasta, inermes e inertes audiencias populares.

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